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¿Tenes una cajita de tesoros?

cajita de tesoros

¿Tenes una cajita de tesoros?

Un amigo a través de WhatsApp me hizo desenterrar una cajita de tesoros, esos que sin saber por qué o cómo, un día comencé a amontonar en algún receptáculo que pudiera contenerlos a todos, aunque nada que ver tuviera uno con el otro.

Así, en la cajita podes encontrar monedas de otros tiempos y espacios, como aquella de 20 pesos de la República Oriental del Uruguay del año 1970, o los dos francos suizos en plata de 1972 que tienen dibujada la figura de una mujer y debajo la palabra Helvetia. Después, está ese cochecito verde de plástico, la bolsita de brillantina roja todavía cerrada, el arito de plata colgante que está sin compañero, la llave de algún diario íntimo que ya perdí, el cospel en el que alguien dejó grabada la palabra “lanza” y un trozo de vidrio redondeado en los bordes, que te dispara mil colores a la luz y que iba a ser agujereado en algún momento para servir de medalla de un collar que me iba a hacer.

Hay un sinfín de posibilidades encerradas en la cajita de recuerdos. En la mía: un posible collar, un cospel con el que nunca jugué ningún juego, una llave que nunca abrió ninguna puerta, un arito que nunca adornó mi oreja, un puñado de brillantina roja que nunca decoró ningún dibujo y ese cochecito verde que nunca hice andar hasta esta tarde.

Todos esos nunca pueden convertirse en siempre.

Todos esos objetos pueden ser nada.

También, si lo pienso bien, pueden ser todo.

El pedacito de vidrio redondeado no sólo me dispara en la cara mil colores, sino que me lleva de viaje a la tarde en que lo encontré.

Era sábado o recuerdo. Era la tarde. Una de verano, de esas que el calor nos obligaba a ir a la playa. Yo siempre había gustado de caminar a la orilla del mar en busca de cosas, tesoros, por decirlo de alguna manera. Siempre me volvía a casa con caracoles vacíos o piedras raras. Una vez cargué tantas, pero tantas piedras, que papá tuvo que llevar mi mochila porque a mí me pesaba demasiado. Recuerdo que esas piedras raras, llenas de huecos y recovecos que la erosión del mar y la arena habían  hecho, terminaron en una caja de zapatos y más tarde, tiradas en la calle. Fue mi aporte al barrio en el que crecí, la Juan N Fernández no sería una calle más, sino una con cimientos de mar. De mar también se había llenado mi habitación, pero no de agua propiamente dicha, sino de olor a océano y por eso me tuve que deshacer de las piedras después de algún tiempo.

Sin embargo, no fue esa la suerte que corrió mi pedacito de vidrio. Una de esas tardes de exploración en la playa, encontré ese trozo de cristal mágico. No sabía en realidad que era vidrio hasta que papá me lo confirmó, explicándome que probablemente era un pedazo de vidrio que llevaba ya largo tiempo entre el mar y la arena, llegando a las orillas de varias playas y devuelto siempre al mar por la propia marejada, hasta que había llegado a mis manos ya redondeado de tanto desgaste. Le creí. Tuve que. A papá le encantaba contar esa clase de historias con sabor a verdad y hasta cierta edad era nuestro “Libro gordo de Petete”, entonces uno le creía estas cosas.

El vidrio no fue el único botín del día, pero si el tesoro más preciado de la jornada. Tenía grandes planes para él.

El tiempo me fue haciendo grande y olvidé ese vidrio redondo y a colores.

Pero ahora, viendo detenidamente ese pequeño trozo de vidrio en mis dedos de mujer adulta, me doy cuenta que no sólo olvidé el vidrio, sino que fui perdiendo de vista otras cosas, por ejemplo, que me gustaba coleccionar objetos sin ningún tipo de orden o coherencia, objetos que esconden una historia y que al tenerlos de vuelta en mis manos me devuelven sensaciones conocidas.

Olvidé también que me gustaba explorar en la naturaleza y hacer hallazgos que a otros le parecían nada y a mí el mundo en la palma de mi mano. Que siempre imaginé una historia para cada cosa especial que encontré. Y que caminar sola, a la orilla del mar, descubriendo los tesoros que el Atlántico pudiera regalarme en cada ola, era uno de mis paseos favoritos.

¿Qué de todo eso que solía ser yo puedo recuperar ahora?

Al parecer todo.

Volver la mirada a esos objetos es una prueba de ello, porque con esos tesoros desentierro momentos para poder contarme la historia de quién fui y recordarme que esa también puedo ser hoy.

¿Y vos? ¿Tenes una cajita de tesoros?

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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