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¡Sábado!

¡Sábado!

Son las 22:59 de un sábado de verano en marzo.

Amanecí a las 13:44, vi la hora en el celular, me di vuelta y seguí durmiendo. A las 14:23 mi cuerpo necesitó despertar.

Tenía dolores, también olores. Los primeros eran peores.

No salí de la cama sino hasta las 16:32 cuando mi cuerpo necesitó comer y tomar algo. Antes fui al baño y me miré los ojos, después la cara y más tarde moví la cabeza frente al espejo en clara señal de fastidio con la que soy.

Melisa, Melisa…

Poco después de las 17:00 estaba sentada en la mesa con mate, galletitas saladas y mermelada frente a mi cara.

Comí, tomé, escuché una playlist que pongo cuando no quiero pensar ni sentir y así me quedé un buen rato hasta que mi cuerpo me avisó que el hambre había sido saciada.

A las 18:13 estaba frente a la computadora ingresando a Facebook para ver un video que tendría que haber visto en vivo a las 12:00 del mediodía. Esa fue la presentación de un taller de escritura online que inicia el lunes. El lunes donde seré otra, aquella que se levanta temprano y come las comidas que debe comer y hace las cosas que debe hacer.

Pero hoy fue sábado y yo amanecí a la hora que se me dio la gana y dormí las horas que mi cuerpo necesitó dormir y comí nada y eso estuvo mal, pero así lo quise.

Y lo fundamental, lo importante en verdad, es que hoy escribí, mucho escribí, con hambre atrasada de escribir, con ganas estancadas de escribir. Escribí y leí y me inspiré con nada, como si la llama estuviera encendida aunque yo no lo supiera, como si no necesitara un motivo importante para hacerlo.

Desde afuera, la Melisa del lunes mirará este, mí sábado, y rescatará como única actividad positiva del día el acto de escribir.

Desde adentro, esta que soy  y que despide el sábado que ya se va, entiende que podría haberlo hecho mejor, mucho mejor, pero que no eligió hacerlo y eso, está bien por hoy.

¡Pizza para la cena!

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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