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Relatos de bondi

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Relatos de bondi

Subís última.

Después de decirle “Hola” a los que te precedieron, el chofer contesta a tu saludo con un “¿cómo andan?” y vos te sorprendes primero y sonreís después o al mismo tiempo, ya no sabes, mientras acercas la SUBE a ese pequeño artefacto que asegura tu viaje de regreso a casa.

Avanzas en ese pasillo movedizo de caras extrañas y decidís agarrarte del respaldo de un asiento en el que reposa una chica que te mira de reojo. Y vos no entendés bien porqué, aunque ya estás acostumbrada.

Cerca tuyo, asiento de por medio, un hombre le toca el hombro a una niña, que también va sentada en la hilera de asientos individuales, para hacerle seña de que él se va al fondo. Repite el gesto a un niño que está en el asiento de atrás y acto seguido, las dos criaturas se paran y siguen, al que creo yo, debe ser su padre. Ahí recordás cuánto extrañas al tuyo, pero sonreís. La que te mira de reojo sigue haciéndolo, quizá le sorprenda que vos sonrías sin motivo alguno, tal vez no sabe que te acabas de acordar de tu papá y que lo extrañas, pero que viste en ese hombre un minúsculo gesto paternal de los tantos que pudiste disfrutar con el tuyo y por eso entonces sonreís. No la juzgas. No tiene por qué saberlo.

El vehículo se detiene en una esquina en la que dos avenidas se besan y allí sube un muchachito con unas  ocho o nueve rosas rojas entre sus brazos. ¿Para quién serán? ¿Qué manos recibirán ese pedazo de milagro rojo como obsequio? ¿Qué hace un vendedor de rosas cuando le han sobrado tantas, sabiendo cuán perecederas son? ¿Irá a algún evento, fiesta o reunión para ver si las puede vender? ¿Le habrán dicho de alguna zona de la ciudad donde esa noche habrá pique para poder deshacerse de ellas y asirse de unos mangos más? Se sienta en el tercer asiento de la fila de asientos dobles. Unos segundos después se levanta y sin poder adivinarlo, un hombre de esa misma hilera es el blanco del minúsculo vendedor que lo intercepta para ofrecerle una flor para su compañera, aquella a la que ese tipo abraza con ganas. Él dice que no con la cabeza y unas chicas se ríen más al fondo.

Dejas de prestarle atención al vendedor de rosas porque tu compañera, aquella que te miraba de reojo, al fin se baja.

Te sentás y abrazas tu mochila, no con miedo, sino con cansancio. Son las 21:56 de un viernes que tuvo de todo. Suspiras, como dejando atrás lo que pasó y reteniendo lo que gustó, lo que hizo bien.

Miras por tu ventana, porque ahora, en ese momento, esa es tu ventana, que te permite ver la ciudad con su traje más nostálgico y hermoso. Te esperan, en algún lado, alguien te está esperando y eso da tranquilidad.

Seguís contemplando la calle que va dejando el colectivo a su paso  y las veredas tan calmas, tan vacías de gentes, tan llenas de nada. Pensás que la vida toda está concentrada en cada casa, en cada mesa, de cada comedor, con cada plato de comida humeante arriba de ella. Y a vos te esperan, en un hogar, lleno de gente, de familia, que sabes, sonreirá cuando te vea llegar.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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