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Mi mochila, el muchacho y yo

Mi mochila, el muchacho y yo

Tengo ganas de dejar de mirarme el ombligo. No sé. Hace rato me pasa. Eso de querer mirar para afuera, a mí que siempre estoy tan adentro mío. Hay quienes dicen que es bueno, eso de conectar con uno, pero últimamente, eso me tiene un poco harta. No porque quiera desconectar por completo, sino porque cuando estoy tan ensimismada en mí, pierdo de vista lo que pasa a mi alrededor. Y entonces, parece que voy distraída por mi mente, como si se negara rotundamente a ver la realidad, lo que pasa ahí afuera.

Ayer volvía de la facultad en bicicleta, con mi mochila en el canasto. Sí, ya sé, dirán — ¿qué haces que no te pones la mochila al hombro?— Pero ya les dije, vivo distraída.

Así que volvía yo escuchando a Gustavo gritar un “no existes” en vivo, cuando un muchacho a bordo de su motocicleta pasó muy pegadito a mí arrebatándome la mochila sin que yo pudiera siquiera adivinarlo. ¿Acaso esas cosas pueden adivinarse? No sé. Sólo sé que entre la confusión y la sorpresa comencé a reír de los nervios al grito de — ¡Ey mi mochila! ¡Hijo de puta! ¡Mi mochila no!— Mi mochila no, me dije una y otra vez por dentro, mi mochila no y seguí viaje viendo cómo mi mochila sí, mi mochila se iba con otro, con un desconocido, con un “descuidista”, según la jerga popular.

“La ocasión hace al ladrón” dice el refrán y puede que sea así, pero ¿de qué ocasión estamos hablando? ¿Del hecho casi fortuito de no haber decidido cargar la mochila al hombro? ¿O de la realidad tan distinta a la mía en la que ese muchacho tuvo que crecer? No sé. Sólo sé que al llegar a casa, un tanto sin poder creer que algo así me suceda a mí, y otro tanto enojada conmigo misma por haber dejado la mochila en el canasto, me senté en la escalera y empecé a llorar. Como una nena lloré, con lágrimas y mocos lloré, con los puños del pulóver limpiando cada gotita que salía de mis ojos, porque es que no quería llorar, pero tuve que dejarme hacerlo, algo dentro me lo imploraba y viste como dice Mario “…cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”.

Y entonces sí, lloré por mi mochila como puntapié inicial, una mochila cargada de mí, no había grandes lujos materiales en ella, es cierto sí que era bastante nuevita, menos de un mes de vida conmigo llevaba esa mochila, pero eso no era todo, dentro de ella había un cuaderno y dentro de ese cuaderno una serie de escritos y dentro de esos escritos estaba yo, toda yo, entonces, sentí que ese arrebatador de mochilas se había llevado una parte mía y quizás por eso lloré, me sentí secuestrada o algo así.

También lloré porque no quería tener miedo. Sí, uno también llora por esas cosas.

Después, ese llanto que fue en incremento y que salía expulsado como un misil desde las entrañas, fue eligiendo otros subtextos, lloré por la injusticia, porque es que —yo no le hago nada a nadie— pensé ilusamente, —¿por qué a mí?— me pregunté dramáticamente, hasta que recordé que esa misma pregunta me la hice un año atrás cuando perdí a papá y también pregunté al universo alguna vez —¿por qué  a mi papá?— comprendiendo que no hay respuesta para esa pregunta y que en realidad, la pregunta correcta sería —¿por qué no a mí?— ¿Por qué no? ¿Quién soy yo para que no me pase una cosa así? Llegar a esa reflexión me permitió ver que hay cosas más graves que el robo de una mochila, por más escritos y cuadernos que en ella te arrebaten.

Y el subtexto de mi llanto terminó siendo el más infantil, pero genuino de todos —quiero a mi papá— porque quizás hace rato lo sentía, pero no quería permitírmelo, porque tengo 29 años y una no llora abrazada a la almohada a esta edad diciendo “quiero a mi papá”, pero ¿quién dice que no? Tengo el derecho de hacerlo, la hija de mi papá que todavía habita en mí llora reclamando su presencia, un grito ahogado en lágrimas que exige que su partida haya sido un mal sueño, porque es algo tan simple como extrañar a un ser querido, amado con toda el alma y entonces, hay que dejarse llorar, es necesario, es útil y es maravillosamente hermoso el ser humano que brota de ese revelador instante.

Me sentí mejor después de eso, me repuse y hasta reí de mi reacción ante la huida del ladrón con mi mochila. Al hablar del asunto con otras personas, todos coincidían en insultar al delincuente. Yo esperanzada contaba que me imaginaba que ese hombre llegó a su casa, revisó mi mochila y se sintió mal por su hazaña del día —quizás me lo devuelva, tenía apuntes de la facultad también, capaz, en una de esas me lo deja en la puerta de casa— comenté un poco riéndome de mi misma y otro poco deseando que eso fuera real.

Lo que obtuve del otro lado fue una respuesta de esas que sacuden: “esa gente no lee, no piensa, no siente”. Me quedé callada un buen rato y me di cuenta de que no, de que yo no pienso así, no siento así, no veo el mundo así, la realidad de ese individuo no la conozco, no sé qué clase de historia actual o pasada lo llevó a arrebatarme la mochila, pero elijo creer que para él no es gratuito, que el sí siente algo al hacer lo que hace, elijo creer en ese tipo, creer en tantos otros en su misma situación, prefiero ponerme un ratito en sus zapatos, antes de escupir con tanta naturalidad que él no siente, que él no piensa, porque no es un monstruo, porque no es un animal y en todo casi si lo es, si en eso se ha transformado, no creo que haya sido el hecho fortuito de mi distracción al colocar la mochila en el canasto.

La ocasión hace al ladrón, pero yo me pregunto ¿cuál ocasión? Esta actual de la mochila en el canasto ¿o la vida que vivió ese hombre? ¿El contexto en el que hoy se encuentra? ¿El sistema en el que está inmerso y excluido al mismo tiempo? No sé, estas cosas siempre las pienso, pero hoy necesité escribirlas. Por sobre todas las cosas, hoy quise mirar afuera, no está tan bueno lo que se ve, pero es el sistema en la que yo también estoy inmersa y en el que yo también, muchas veces, me siento un poco excluida.

Después de todo, pienso, no somos tan diferentes ese muchacho y yo ¿verdad?

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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