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Mi experiencia personal con el mundo del empleo

escribir desde casa

Mi experiencia personal con el mundo del empleo

escribir desde casa

Culpé a la vida. Culpé al destino. Culpé a mis padres. Me culpé a mí por incapaz. Hasta que un día me cansé de echar culpas y entendí que debía resolverlo.

Estudié periodismo en Mar del Plata creyendo que trabajaría en los diarios y revistas locales. Incluso llegué a soñar con trabajar en Capital Federal, en un diario prominente que me abriera las puertas de par en par. Luego, a medida que avanzaba en la carrera, me di cuenta que no sería tan fácil dar con esa posibilidad y que en principio, tendría que trabajar “de lo que venga” para poder ganar un lugar en el medio.

Tuve mi oportunidad de conocer el medio marplatense gracias a un programa de espectáculos de la TV local. Fue interesante el experimento. Me sirvió para darme cuenta que en realidad no quería ser parte del medio marplatense.

Entonces, pude entender otra cosa. Lo que me había llevado a formarme en periodismo no era mi afán por dar a conocer la última noticia del día. Sino que lo que yo realmente quería hacer era contar historias, escribiendo.

Así llegó otra etapa de mi vida en la que me convertí en una auténtica buscavidas, como se suele decir. Dejé de trabajar en ese programa de TV y ya sentía que no encajaba en el mercado laboral tradicional. No me veía de vendedora, haciendo labores de atención al público o tratando de conquistar a un entrevistador para un trabajo que no disfrutaría hacer. Pero la realidad es que necesitaba trabajar, ganar dinero para poder pensar en lo que quería hacer de mi vida.

Busqué trabajo de lo que pudiera encontrar y eso me llevó a incontables convocatorias de empleo, filas interminables para dejar un curriculum, numerosos contratiempos por llegar a cada entrevista, algunas en la loma del culo, hablando mal y pronto. Me he metido en cada lugar, que hoy si lo pienso me da miedo y siento que no lo volvería a hacer.

El asunto es que desde mis 17 años soy una incansable buscadora de empleo. Incluso desde antes. A mis 13 años, en plena postcrisis del 2001, mis padres se embarcaron en esa aventura de montar un negocio familiar. Fue así que nació lo que en principio fue “Angélica”, un comercio minorista que yo atendí prácticamente en todos sus años de vida, cinco en total.  Y como no podía ser de otra manera, lo incluí en mi curriculum, ante la falta de experiencia una vez salida del secundario.

También a mis 15 años incursioné en la actividad que toda muchacha debe realizar una vez en su vida: cuidar niños. Tenía dos mocosos a mi cuidado. No sé en qué pensarían sus padres. Yo aún recuerdo la carita de ambos, principalmente la del menor, 6 meses tenía cuando lo empecé a cuidar y hasta su año y medio de vida tuve oportunidad de ser su niñera. No sé qué será de su vida, pero ojalá, donde quiera que esté, no recuerde aquella vez de madrugada que él lloraba y yo lo dejé llorar un buen rato. Tenía 15 años, quería dormir.

Abriendo la cabeza

 

Cursar Periodismo, como lo había prometido la secretaria de ETER (instituto terciario) cuando fuimos con papá a inscribirme, me abrió la cabeza. Yo encaré mal la carrera creyendo que me salvaría de trabajar en ocupaciones que no me gustaban. Porque al terminar la formación, con título debajo del brazo, yo no tenía asegurado empleo en ningún lado. Lo que tenía, en todo caso, era herramientas para afrontar el mercado laboral un poco más armada y con cierta inclinación a algunas tareas: escribir por ejemplo.

Mientras tanto, seguí trabajando en otras áreas, como atención al público. Así pasé por lugares como: Personal (venta de telefonía celular), una perfumería, una tienda de calzado, el programa de TV, Cinemacenter (cadena de cines), Sacoa (cadena de entretenimientos), Tienda de bijouterie y accesorios, empresa de alarmas y monitoreo, nuevamente Sacoa y en ese ínterin, ingresé en el mundo del contenido web y de ahí nunca más salí. Todavía estoy perdida en estos mares, ya desde hace más de cinco años.

Cuando empecé a crear contenido web recuerdo que mi primer paga fueron 20 dólares y cuando vi acreditado ese escueto monto en mi cuenta Paypal casi lloré. Era la primera vez que sentía que alguien reconocía mi esfuerzo. Mi esfuerzo no sólo había sido escribir esos textos, ya no recuerdo cuántos, mi esfuerzo era todo el recorrido laboral que había hecho hasta sentarme un día en la silla frente a la computadora y buscar hasta no sé qué hora de la madrugada qué podía hacer para ganarme la vida escribiendo. Ese era el esfuerzo que sentí, recibía premio con esos 20 dólares. Es poco lo sé, pero en aquel entonces fue mucho.

Después, ese proyecto terminó y vinieron otros. En ese tiempo seguí trabajando en Sacoa y combinaba esa actividad con mi colaboración en varios blogs. Después de una temporada tortuosa limpiando baños, cargando tarjetas, manejando los autitos chocadores, la ola, y cuanto juego hubiera en Sacoa. Decidí que no trabajaría más ahí y que me dedicaría a escribir de lleno.

Al principio fueron meses duros. Mi hermana menor, tenía 18 años, recién terminaba el colegio y trabajaba en un comercio. Ganaba el doble que yo. Pero eso no me importaba, seguía firme en mi cometido. A veces, por entregar a tiempo y en condiciones un paquete de textos, no dormía. Fueron muchas las noches a partir de entonces que no dormí y muchos de los que me rodeaban no lo entendían. Creían que perdía el tiempo frente a la PC. Yo me enojaba. No entendía su punto de vista, pero quizás yo no me supe explicar, mi esfuerzo estaba enfocado en una meta: vivir de lo que me gusta.

Hoy, creo contenido web

 

Hoy, poco más de cinco años después, habiendo trabajado con muchas personas de distintas partes del mundo; después de ver publicados hermosos artículos con mi nombre y otros en los que no aparece mi nombre, pero igual sé que yo los escribí; tras aprender todo lo que aprendí, que ya es mío y que puedo volcarlo en el proyecto que quiera, siento finalmente que parte de mi objetivo ha sido cumplido.

Tengo clientes estables, con los que colaboro de manera regular y otros tantos que de vez en cuando solicitan mis servicios. Sigo buscando aún el proyecto de mi vida, ese con el que diga “bueno, acá me quedo”. Pero creo que nunca va a llegar, porque me di cuenta que haber descubierto que escribir es lo mío, me ha abierto un camino plagado de incertidumbres, aprendizajes  y posibles destinos, en los que nunca estará dicha la última palabra.

Quizás el relato de mi historia quedó un poco largo, pero es para que me conozcas y entiendas porqué hago este blog. Porqué creo un sitio en el que, entre otras cosas, hablo de empleo, en el que doy consejos, cuando en realidad nunca creí en los consejos. Donde trato de aportar mi visión del mundo laboral y de la búsqueda de empleo en particular. Quiero que entiendas que este es uno de los grandes proyectos de mi vida, escribir para aportar algo a alguien que del otro lado, puede enriquecerse, puede aplicarlo a su vida, a su búsqueda laboral y con ello, tener más chances de dar con el trabajo deseado.

No soy ilusa, sé que es difícil conseguir el empleo de tus sueños en el mundo que vivimos, pero no es imposible. También sé que la economía del país en el que estamos inmerso (cualquiera fuera) nos obliga muchas veces a renunciar a ese empleo soñado y conformarnos con uno pasable que nos deje pagar las cuentas al final del mes. No estoy exenta de que eso me pase.

También sé que las soluciones que puedo aportarte no son mágicas y quizás a muchas de ellas ya las conozcas, pero créeme, no voy a hablarte de nada que no haya probado o no conozca y sepa que puede funcionar.

Mi historia personal con el empleo

 

También es necesario que aclare porqué hablo de empleo. Porque podría escribir de muchas otras cosas, incluso escribir por escribir, que lo hago mucho, pero tienes que entender que si hablo de empleo es porque es un tema que atraviesa mi vida de manera crucial, como ya habrás podido ver con todo lo que te conté.

Porque pienso en mi papá, que lo perdí  hace muy poco y recuerdo la cantidad de veces que lo ayudé a armar un presupuesto para ver si conseguía clientes. Y me pregunto qué hubiera pasado si él no hubiese tenido mi ayuda. Pienso también en mis hermanos más chicos, en uno de ellos que no quiso terminar de estudiar, pero que es tan capaz que sorprende y recuerdo cuando lo ayudé a tener su primer empleo estable. Y reflexiono sobre ¿qué pasa con esas personas que no tienen a alguien en su familia o entre sus amigos que sepan cómo armar un curriculum, un presupuesto, una carta de presentación o a preparar una entrevista? ¿Por qué no darles una mano desde acá?

Pienso que el por qué no puede salvarnos, como sociedad y como individuos (sí, me estoy yendo de tema). Si más personas se preguntaran ¿por qué no? aplicado a cada cosa que hacen o no hacen en sus vidas, quizás mucho del mundo que no nos gusta cambiaría.

Espero que algo se pueda desde acá. Espero que algo quede desde este espacio. Espero que algo te sirva. Y lo que te sirva úsalo, que para eso está.

¡Abrazo grande!

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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