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Mi ausencia tiene un porqué

resiliencia

Mi ausencia tiene un porqué

resiliencia

El 4 de abril pasado, exactos tres días antes de cumplir mis primeros 28 años de vida, yo publicaba mi último post en este blog. No sé todavía cómo fue que tuvieron que pasar 8 meses y 13 días para que yo me sentara a escribir un nuevo artículo en este sitio, al que le tengo un profundo amor, lo que demuestra que como dicen por ahí: a veces con el amor no basta.

Creo que no tendría que importarte este post si buscas información útil para resolver alguna cuestión de tu vida. Sin embargo, si buscas un porqué a mi comportamiento o si simplemente te interesa saber qué se esconde detrás de mi ausencia en este proyecto que tanto quiero, sigue leyendo.

Un año distinto…

Este año, muy distinto a todos los que recuerdo, la vida me cambió por completo. Lo comencé teniendo en claro dos cuestiones: quiero escribir  y quiero aprender.

Siguiendo ambos objetivos, a comienzos de este 2015 comencé a crear mi primer proyecto literario real, ese que hoy tiene más de 100 páginas, 10 capítulos y tantos personajes que ya ni sé enumerarlos. Todo ese material fue el trabajo de varias noches de insomnio y mucha entrega depositada en la tarea. Me la pasaba imaginando cómo se veían, cómo se comportaban y cómo sentían los personajes. El proyecto todavía sigue siendo eso, un proyecto. Se necesita mucha dedicación para finalizar una obra de esa clase y yo este año si hay algo que no tuve es tiempo, y no es excusa, realmente me lo quitaron de las manos.

Pocos días después de ese 4 de abril comencé la aventura de volver a estudiar. Hacía algunos años quería iniciar una nueva carrera, pero no tenía el coraje o la predisposición suficiente para embarcarme en ello. Finalmente, el 13 de abril comencé a cursar las primeras materias de una carrera que me sorprendió gratamente, me ayudo a abrir más la cabeza y llegó en el momento oportuno a mi vida.

Si alguna vez tuviste la experiencia de la formación universitaria o superior, sabrás qué tipo de exigencias tiene y qué tipo de ritmo de vida te insta a llevar. Traté de tomármelo con calma, después de todo, nadie me obligaba a hacerlo, a volver a estudiar, sino que era una elección totalmente mía, de este yo adulto en el que me estoy convirtiendo un poco todos los días.

Así pues, me encontré semanas más tarde con la cabeza hecha un lío tratando de aprender a estudiar nuevamente, a amigarme con los apuntes, a acostumbrarme de nuevo a resumir, a entender, a preguntar, a dudar, a ponerme a prueba constantemente.

La cuestión es que en medio de esta vorágine de nuevas conocidas experiencias, me encontré con una mudanza inminente, un casi incendio de mi antigua morada, un nuevo hogar con todo por acomodar y lo peor, lo peor amigos míos, lo peor estaba por llegar.

Lo peor que podía pasarme

Era el 12 de junio a las 13:05, según consta en el registro de llamadas que aún no borré de mi móvil, cuando mi madre del otro lado del teléfono me decía que papá había sufrido un accidente. En ese momento, que por casualidad, estaba frente al espejo del baño, sentí que un calor repentino me subió por todo el cuerpo y estalló en mi rostro. Era el miedo que, como ya es costumbre en mí, se manifestó a través del cuerpo.

Ese fue el primero de muchos días de interminable sufrimiento. No voy a hablar de los pormenores de esos tristes días de junio, pero sí voy a decir que perdí a mi papá a mitad de este 2015, el 19 del mes seis de este año, para ser exacta.

Como verán, hasta aquí, poco tiempo tuve para volver a escribir en este blog. Como podrán adivinar, después de ese 19 de junio, pocas ganas tuve de volver a escribir en este blog.

Hoy, sin embargo, habiendo transcurrido ya casi seis meses de esta gran pérdida, a poco de terminar este 2015 que tanto me enseño, que tanto me dejó, siento que tengo por un lado el deseo y por el otro, la necesidad de compartir lo que he estado aprendiendo en estos últimos tiempos. Siento que tengo mucho que contar y no a modo de catarsis, que para eso ya está la terapia, sino a modo de reflexión y con el objetivo de compartir algo que quizás otros puedan estar atravesando y puedan entender, y hasta tal vez, extraer alguna utilidad para sus propias vidas.

Me quedo con una palabra, que creo, es la que resume el porqué de mí vuelta a este blog: resiliencia.

Resiliencia

Según la  Asociación Americana de Psicología (APA), la resiliencia es el proceso de adaptarse a la adversidad, trauma, tragedia, amenaza o fuentes de tensión. Al parecer, tener una buena capacidad de resiliencia no quiere decir que alguien no sufra después de un hecho traumático, sino que tenga la capacidad de enfrentarlo, procesarlo, sobrellevarlo y finalmente, pueda seguir adelante.

Uno de los factores que se suelen asociar a la resiliencia es la “capacidad para hacer planes realistas y seguir los pasos necesarios para llevarlos a cabo” (APA). En otras palabras, tener proyectos y trabajar para concretarlos.

Por ello, hoy, en  un mes que siempre tiene sabor a despedida, no intento hacer un balance, sino dejar en claro que este proyecto para mi sigue tan vivo como el momento en que lo concebí, y que pretendo mantenerlo con vida de aquí en más (con más vida claro está 😉 ).

Si ya he tenido un año que me permitió crecer como nunca en muchos aspectos, es momento ahora de crecer en este proyecto. Quizás sufra algunas modificaciones, pues uno no puede volver aquí después de tantos meses y con tanto vivido, pretendiendo seguir como si nada. Este proyecto seguramente sea reformado, pero el objetivo sigue siendo el mismo: compartir lo que aprendo y aprender de lo que recibo y en el camino crecer en esto que amo hacer: escribir.

A enderezar la nave se ha dicho, espero tu compañía 🙂

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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