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La niña que nunca se fue

La niña que nunca se fue

la niña

Pedazos de instantes…

De dicha, de congoja, de gloria y de derrota.

A mí, esta foto me devuelve a la dicha de saberme esa niña todavía, de rulos al viento, ridiculez en la boca y en las ropas.

Diría, incluso con seguridad, que por momentos esa chiquita parece estar intacta. Luego recuerdo que muchas cosas ya no son lo que solían ser y entonces veo que no, que esa muchachita ya me dejó, hace un tiempo se me fue, entre los dedos como agua se me escurrió.

Pero tampoco, porque a veces, sin darme cuenta y sobre todo cuando voy distraída por la adultez, esa nena se cuela por alguna rendija y se deja ser en mí.

Y cuando yo la percibo, juro que la recibo, con agradecimiento, con amor la recibo y la abrazo. Le digo al oído que no me deje, que no se vuelva a ir, que me siga desenredando los ojos y también la cabeza. Que me permita mirar más seguido al cielo, porque como dicen por ahí, siempre compensa.

El otro día, cuando esta niña vino a mí, era miércoles y era la tarde, el cielo gris parecía no invitarnos a mirarlo, pero ella insistió. Tanto insistió que le presté mis ojos para ver y en medio de la vereda, sobre la principal avenida, entre dos calles con nombres de prócer, me descubrí sorprendida ante un edificio que parecía un chiste vestido de rosa viejo.

Un buen rato nos quedamos ella y yo mirando ese edificio.

No sé bien que habrá sentido ella, pero yo me agradecí por mirar para arriba, por vivir distraída y por estar caminando hacia más encuentros con esa niña que siempre será de rulos y que nunca sabrá de ropas, pero que siempre será una loca y ridícula parte mía.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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