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La chica de la maldad infinita

La chica de la maldad infinita

Ella no sabía entregar amor a quienes la rodeaban. Su motor interno se encendía apenas abría los ojos. Era una fábrica del mal, cuyo único producto era herir al otro.

Cuando entregaba su mercancía a la clientela, parecía alcanzar eso que muchos le contaban: la felicidad, el dividendo más preciado.

Un día, una de las maquinas principales que hacía funcionar esta fábrica de maldades se averió y algo cambió en la empresa.

Al principio, la muchacha intentó ocultarse de su clientela. Rehuía encuentros y reuniones, intentaba no salir, permanecía todo el tiempo que podía en soledad. Pero llegó el momento de volver al trabajo, tenía que seguir produciendo o el negocio se vendría abajo. Entendió que es imposible alejarse del mundo entero, porque este siempre te encuentra.

La chica de la maldad infinita se descubrió dando palmadas en el hombro, sonrisas al por menor y mayor, elogios y hasta abrazos gratuitos. Fue un cambio brusco para quienes la conocían bien, pero aún más para ella.

Dicen que después de esto el negocio de la maldad dejó de ser lo suyo. Al parecer, se dio cuenta que conseguía mayores ganancias con otros métodos.

Ahora, cariño es lo único que produce y entrega, aunque de cuando en cuando, en algún paquete, se le cuela una maldad. A veces se queja, dice que este nuevo modelo de negocio no le da el rédito esperado. Sin embargo, dentro de la fábrica se comenta que muchos recibieron aumento de sueldo y hasta mejoras en las condiciones laborales.

Definitivamente, el negocio del amor es más redituable.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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