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La araña de Mariana

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La araña de Mariana

A Mariana la picó una araña. No fue una gran picadura, pero ella vio el momento exacto en el que la minúscula araña le dejaba una marca en la piel, un poco más arriba de la muñeca. Fue inevitable para Mariana reparar en ese piquete en su brazo. Tenía una pequeña y hasta simpática montañita colorada allí y como un acto reflejo de quien se sabe “picado” por un bichito de esos, se rascó un buen rato, aunque no pícara de veras.

Mariana comenzó a imaginar qué hubiese pasado si esa araña le hubiera transmitido, como a Spiderman, súper poderes. Y entonces eligió, como si de gustos de helados se tratara. Eligió un súper poder que esa araña le podría haber dado picándola en el brazo y lo que pidió fue “súper ovarios”, un súper poder que al igual que los átomos, está constituido por distintas sustancias, entre ellas, súper valentía, súper coraje y súper valor.

Se transformó así en una superheroína con un súper poder imposible de desaprovechar. Se animaría a todo, se atrevería a hacer aquello que siempre había dejado en su lista de “cosas pendientes” por no tener el coraje suficiente para llevarlas a cabo.

Mariana se sintió súper poderosa y un pensamiento claro asomó en la súper mente que ahora tenía: necesitaba  decirle a Clara que le gustaba.

Se levantó de su silla, se puso la campera y encendió el reproductor de música. Los acordes de Here Comes The Sun comenzaron a sonar y a ella se le infló el pecho de valor.

Caminó 21 cuadras hasta su destino. Tocó el timbre del séptimo G al llegar y esperó que alguien del otro lado contestara. Pero nada sucedió.

Volvió a tocar, como buena superheroína ella sabía que los timbres a veces suelen fallar. Nada ocurrió.

Probó una tercera vez, pero nadie contestó.

Suspiró largamente sin sacar la mirada del timbre, pudo ver sus ojos clavados en el séptimo G en el que nadie contestaba y se contempló un instante, sintiendo que su súper poder poco a poco se iba desinflando.

Recordó a Cenicienta y esa maldición que le propinó el hada madrina, eso de que a las doce la carroza se transformaba en calabaza y ella en una harapienta esclava de su madrastra y hermanas y sintió que así como era injusto que apareciera un hada madrina para ofrecer beneficios efímeros, también era una guachada que sus súper ovarios tuvieran una vida útil tan corta y tan inoportuna.

—La pifié, tendría que haber elegido “súper ubicación” en lugar de “súper ovarios”. Ahora tengo una valentía tremenda que no sé dónde poner— pensó.

 Retiró sus ojos del timbre y salió de la entrada del edificio en dirección a su casa.

—Otra vez será— comentó en voz baja mientras sus pasos se perdían en la esquina al compás de The Long And Winding Road.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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