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Julián tiene hambre

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Julián tiene hambre

 

Julián tiene hambre. Apura el séptimo mate caliente que tiene frente a sus narices y traga miseria. Cierra los ojos un instante y al abrirlos contempla como el tímido sol de esa mañana fría de septiembre intenta colarse poco a poco por los resquicios que quedan sanos del ventiluz de la cocina. Y ve como esos débiles rayos de sol bañan el mate que el rodea con sus manos y así se dibuja en el aire la silueta del humo que emana de esa yerba recién mojada por el agua caliente.

Julián tiene hambre, pero se detiene un instante y piensa que no es solo la plata la que no alcanza en esa casa, ni siquiera el sol que llega hasta allí es suficiente.

Traga miseria una vez más y pierde sus ojos en ese humo que sale del mate y al mismo tiempo, el aire que su boca despide se condensa al entrar en contacto con el frío de esa breve cocina.

Así, se mezclan, humo y vapor, y entonces, Julián abre sus ojos de golpe y se encuentra sentado a la punta de una mesa en la que hay una taza de café con leche de la que emana un aroma que despierta, que entusiasma. Repara en el hecho de que la infusión es compuesta: no es solo café, es café con leche. Levanta más allá de lo inmediato su mirada y ahí lo ve, un suculento plato de tostadas, no puede evitar toparse también con una serie de combinaciones que siempre le han parecido de película: manteca, queso, dulce de leche y mermelada.

No sale de su asombro al ver que en esa mesa abunda la comida y la bebida, desborda de desayuno soñado, incluso hay jugo de naranja que huele a recién exprimido.

Julián siente que saliva más de lo acostumbrado, son las ansias de engullir con bronca ese café con leche y esas tostadas, son esas ganas de comer hasta atorarse, hasta vaciarse del hambre acumulada. Y lo hace, apura el café y cada tostada que se mete en la boca es devorada al instante. El hambre no entiende de tiempos, de formalidades, el hambre es urgente y por eso Julián desayuna con tanta urgencia.

Se le cae la baba en medio de este festín de sabores poco frecuentes en su boca y  baja su mirada para limpiarse la saliva del pantalón, pero al levantar la cabeza Julián se encuentra con la soledad de ese mate humeante. Sonríe.

—¡Que boludo!— se dice y piensa —si hubiese tenido más tiempo despertaba a la vieja y le convidaba.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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