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Jugar a jugar

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Jugar a jugar

Jugar a unir los puntos. Los puntos son las estrellas, las más claras y muchas que he visto. Las líneas rectas son rayos invisibles que salen de mis ojos treintañeros. A veces les ayudo con mis brazos.

Jugar a ver qué tan rápido se esconde el sol entre los cerros. Créanme, lo hace “harto” rápido, dirían los amigos chilenos.

Jugar a ver quién pestañea primero al mirar derechito a la Luna más brillante de todas las noches.

Jugar a encontrar entre las ramas, las hojas y el pasto, a ese bichito que corta el sonido ambiente del río y nuestros pasos al caminar –¿dónde estás bichito? Dejanos verte la cara.

Jugar a que mis manos aguantan la respiración bajo el agua de río más helada que he tocado. –Hasta que no estén rojas de frío no las saco ¡eh!

Jugar a que el agua del lago me limpia cosas de adentro; me limpia de males que ando cargando y que ya para nada sirven; me hace mejor persona, más paciente, más humilde, más presente. Porque el agua lo puede: todo, siempre, mucho.

Jugar a que descifro el sonido de los pájaros, una musicalidad que anda perdida entre tanto ruido que hace la tierra y sus aguas cuando están vivas.

Jugar a que soy amiga de todos los animales y de todas las plantas que me cruzo y que a ellos les pido permiso para entrar a sus lugares. –Permiso por favor, voy a pisar este suelo que no me pertenece, voy a acariciarte la cara flor, voy a conocer tu textura, pero sólo eso. Juro solemnemente ante los santos evangelios o que Dios y la Patria me lo demanden, que no arrancaré ninguna pieza de tu frágil cuerpo, porque a vos te pertenecen y en vos se quedarán.

Jugar a que sé la edad de los árboles, que soy confianzuda con ellos, tanto que los abrazo en medio de un bosque, un buen rato, como para que no me extrañen cuando me vaya.

Jugar a que le rezo a una estrella, a esa que ya se está por jubilar para transformarse en Supernova, a ella le pido todos mis pedidos: –lléname de amor Supernova, haceme de amor Supernova. A vos Supernova querida, a vos mi amiga te imploro, alborótame las neuronas, atolóndrame las hormonas, acomódame las personas en línea recta al corazón.

Jugar a que no me falta el aire, que cuando paro en medio de un sendero es sólo para apreciar mejor todo lo que me rodea. Que mis pulmones pueden, que mis pulmones quieren y que yo con ellos. Que vamos, que podemos, “que somos un montón acá adentro”, que todas mis células me dicen esto y que yo obedezco. Que las miles y millones se arman como un ejército hasta los dientes, que levantan este cuerpo y lo hacen andar un poco más. Que vamos Meli, que vamos.

Jugar a que no tengo miedo, a que soy inmune a esos temores antiguos de estar en medio de la nada y que aparezca un asesino serial, el chupacabras o los espíritus chocarreros. Que vengan nomás, hay yerba y mate pa’ todos.

Jugar a que soy yo, pero mejor, una versión que me gusta, que siempre habitó en mí y que no, que está naciendo ahora, porque todo el tiempo estamos naciendo de nuevo, así, en gerundio. Porque la que se levantó hoy, acá, en esta cama y en esta parte del mundo, mañana amanecerá quizá en el furgón y en otra latitud. Porque la que hoy tiene un baño harto disponible, mañana tendrá que ingeniárselas para hacer un pis. Porque la de hoy no tiene ni puta idea de mañana y así va, movida un poco por la brisa, otro tanto por la curiosidad, más, sobre todo, por las ganas de seguir jugando este juego.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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