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Escritura creativa III: rubio castaño ceniza

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Escritura creativa III: rubio castaño ceniza

Aquel rubio castaño ceniza siempre había sido el color, aunque de una única marca de tintura. Antonela no sabía cuál y entonces al llegar a la perfumería sólo dijo — Hola, ¿Rubio castaño ceniza?

El chico detrás del mostrador levantó la mirada que segundos atrás tenía depositada en la caja registradora —Me llamo Luis, pero si querés llamarme por mi color de pelo, no hay drama— sonrió ampliamente, mientras ella mantenía estrujado el papel que su tía Mirta le había dado para que no se equivocara. Antonela también sonrió.

—No, lo que quiero decir es que si tenés esa tintura, digo, ese color.

—Claro, claro. Era un chiste nomás, para que sonrías un poco. Igual no te preocupes,  nunca fui bueno para hacer chistes.

—Estuvo bien, sólo que yo no soy buena para entender.

— ¿Chistes?

—Claro.

Sonrieron juntos nuevamente, como devolución de gentilezas, eso que pasa cuando uno hace una autocrítica en voz alta y consigue la empatía del otro. Y ahí estaban ellos dos, mostrador mediante, empatizando.

— ¿De qué marca la tintura?

—Ay, no sé, ¿hay mucha diferencia? Nunca compré, no tengo ni idea.

—Y sí, muchas veces dependiendo la marca es un tipo de rubio castaño ceniza u otro. Viste que no hay un color de pelo igual a otro. Mi hermano, mi mellizo, bah, porque tengo un mellizo ¿no sé si te había contado?

—No, no hubo tiempo creo.

—Claro. Bueno mi mellizo nació segundos después que yo, estuvo en la misma panza durante nueve meses, gestándose en el mismo momento que quien te habla y si nos ves de cerca, te vas a dar cuenta que no tenemos el mismo color de pelo. Imaginate si una marca de tintura va a hacer un rubio castaño ceniza igual que el de otra empresa. Imposible.

—Sí, me imagino la dificultad… Bueno ¿qué marca me recomendas?

—Yo gano lo mismo si compras la de 60 mangos o la de 70, así que tendrías que fijarte vos cuál te conviene, aunque tu castaño cobrizo te queda hermoso.

—Pasa que no es para mí, es para mi tía y es bastante quisquillosa con su pelo, su color y la tintura correcta.

—Ah, entonces eso es un problema porque si no le llevas la marca correcta medio que capaz le pifiamos. Porque sí, ahora que me contaste el secreto, estamos juntos en esta.

Ambos ríen nuevamente y Antonela ya no sabe si ese tipo le toma el pelo o es simplemente simpático.

—Bancame que la llamo a ver si se acuerda qué marca usa.

—Haga, haga. Yo sigo acá, detrás del mostrador, preso del sistema.

Ella se aleja de la tienda sonriéndole y él mira cómo ella se aleja, devolviéndole la sonrisa.

En la puerta, Antonela se cruza con un hombre que sin mirarla le pide disculpas por chocarla.

— ¿Alcohol?

—Buenas tardes.

—Sí, sí. Buenas. ¿Alcohol hay no?

—Sí, claro. De lo contrario ya tendría que estar cerrando ¿no?

—No sé pibe, te pregunto si tenés alcohol nada más.

—Bueno, yo respondí que sí.

Se miran estáticos.

—Bueno ¿podrías darme una botella de alcohol?

—Claro.

El hombre resopla, sabe que Luis le toma el pelo. Definitivamente le toma el pelo.

—También necesito gasa, cinta  de papel y algodón.

—¡Perfecto! yo pongo la sangre.

Luis comienza a reírse, como si festejara su propio chiste. El hombre lo mira con el fastidio de la tarde calurosa de viernes que trae encima. Amaga una semisonrisa notoriamente fingida. Luis agacha la mirada y se apresta a buscar lo que le pidió este señor que parece no tener ganas de bancarse su buen humor.

— ¿Cuánto es todo?

—113 pesos nomás.

Luis sonríe. El hombre no, hace de cuenta qué. Le paga con 150 pesos y espera su vuelto con algo de prisa. Antonela vuelve a entrar y el hombre nuevamente la choca al retirarse de allí. Esta vez no le pide disculpas.

—Ay, este tipo, dos veces me chocó ya ¿qué le pasa?

—Parece que tuvo un mal día. Hay muchos de esos.

— ¿Gente con un mal día?

—No, malos días.

Ella se ríe. Él también.

—Bueno, al final no sabe bien la marca, pero dice que viene en una caja violeta, que vos te ibas a dar cuenta de cuál es.

—Ah sí, claro, muy fácil, rubio castaño ceniza de la caja violeta. Ya sé quién es tu tía.

Antonela no puede dejar de reír. Mientras Luis se aleja del mostrador para buscar la tintura, ella piensa que es simpático, gracioso, pero un poco raro. Qué lástima que ella no es de las que dan conversación, sino le haría preguntas, por ejemplo, si quisiera ir algún día al cine, a ver alguna comedia, de esas que intuye él debe disfrutar.

Luis vuelve con la caja violeta rubio castaño ceniza y la apoya sobre el mostrador ya sin mirarla a ella. Aprieta algunas teclas y encuentra el producto en la pantalla de la computadora.

—Bien, es la de 62 pesos ¿la llevas?

—Sí.

—Perfecto ¿te puedo ofrecer algo más? Si fuera una almacén diría el clásico “¿azúcar, pimenta o sal?” Pero acá en las perfumerías no aplica. ¿Toallitas, tampón y esmalte?

—Medio sexista lo tuyo. Te lo voy a dejar pasar porque todo lo demás estuvo bien.

— ¿Todo lo demás?

—Sí. Fuiste amable, algo gracioso y predispuesto a resolver  mi compra de la mejor manera posible.

 —Ah, ¿lo podes dejar por escrito así mi jefe se entera y no me mira más con esa cara de pocos amigos que siempre trae?

—Dale, ¿dónde firmo?

— ¿Podes firmar por acá?— le acerca un papel en blanco y una lapicera— aprovechá para dejarme tu nombre y teléfono que no me lo diste todavía.

—Ah, igual no te lo iba a dar.

— ¿Ah no? Yo creía que ya habíamos acordado que sí. Pero me debo haber confundido.

—Claramente.

—Suele suceder ¿no?

—Hasta en las mejores familias.

Intercambian risas nuevamente.

—Che, me encantaría que no se corte esto, pero viene la señora del departamento de acá arriba y juro que va a estar una hora reloj comprando, es la clienta preferida del dueño, así que acá tengo que esmerarme.

—Me imagino que sacas tu mejor repertorio de chistes con ella ¿no?

—Trato. Igual, no te pongas celosa, que vos siempre vas a ser la one para mí.

—Ah, bueno. Quedamos así. ¿62 me habías dicho?

—Exacto.

—Hola nene— dice Gladys, la vecina del departamento de arriba, mientras Luis le da el cambio a Antonela— Que bien acompañado estás hoy, sin tanta vieja decrépita cerca— agrega la mujer.

—Pero ¿cómo Gladys? No se me tire abajo ¡eh!

—No, si yo no lo decía por mí, por las otras viejas que vienen a hinchar las guindas. Si yo soy como vos decís, una piba, la one ¿no?

Antonela lo mira y comienza a reír. Luis se sonroja. Gladys se aleja caminando hacia el sector de perfumes.

—Así que ya tenías una one y no era yo.

—No, si ya te expliqué, lo mío con Gladys es sólo negocios, en cambio lo mío con vos ¡bah! lo nuestro, va por otro lado.

— ¿Por cuál sería?

—Si querés, por la montaña. Mañana termino y salgo de vacaciones, el martes, calculo, ya tendría que estar lejos de las luces citadinas. ¿Mochileaste alguna vez?

—Mmm no y no conozco ese verbo.

—Sería si te fuiste mochila al hombro alguna vez de viaje.

—Ah, no, la verdad que no. No he salido mucho. No salgo mucho. ¡Bah! no salgo en realidad.

—Bueno, estás cordialmente invitada a ir a la montaña con quien te habla. Si querés te lo anoto en un papel, con nombre, apellido, DNI, teléfono, factor sanguíneo, nombre de madre, padre o tutor, vacunas al día y esas cosas, por si te cuesta confiar.

—Sí, confiar me cuesta, y la montaña me parece mucho, pero acepto el papel con el nombre, el tuyo, el de tus padres puede ser útil aunque no excluyente y tu teléfono.

—Dale, vamos despacio.

Ella sonríe y agacha la mirada, queda a la espera del papel. Él desliza a través del mostrador esa hoja con sus datos y ambos acercan sus manos.

—Bueno, ya sé todo lo que tengo que saber de vos ¿no?— dice Antonela moviendo el papel en el aire.

—En efecto. Voy a esperar que me contactes ¡eh! Mensaje, llamada, paloma mensajera también aplica.

—Dale, no te prometo intentarlo, pero prometo intentar intentarlo.

—Y yo no te prometo esperarlo, pero prometo esperar esperarlo.

—Dale Luis. Fue un gusto comprar con vos.

—Dale…

—Antonela.

—Dale Antonela, fue un gusto atenderte a vos— Ella se da vuelta y encara para la puerta de salida. Antes que salga de la perfumería, él dice — ¡Ey! mira que si no me escribís, llamas o das señales de vida, cada tipa que entre a buscar un rubio castaño ceniza de caja violeta va a llevarse un mensaje para vos ¡eh!

Ella sonríe, asiente con la cabeza y se va.

—Va a escribirte, nadie le dice que no a un rubio castaño ceniza natural.

— ¿Vos decís Gla?

—Olvídate nene.


Este texto es otro de los experimentos de escritura creativa que vengo haciendo los últimos días. Esta vez, las palabras que salieron de la caja fueron: rubio – montaña – sangre – papel – alcohol.

Empecé a escribir y no sabía bien a dónde me llevarían esas palabras y eso fue lo mejor, el viaje… ¡alto!

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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