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Cuando escribir sana

Cuando escribir sana

Varios inviernos atrás fue cuando me di cuenta que escribir sana.

Ya no recuerdo qué cantidad de años indicaba el DNI, ni tampoco en qué momento puntual de mi historia me encontraba, pero sé que para encontrarme tuve que escribir(me).

Descubrí en ese momento, al envolver con mis dedos la lapicera y apoyar mi mano en el cuaderno para deslizarme en palabras, que algo dentro mío se calmaba.

Fue como si la jauría que vive dentro de mí por fin hubiese sido liberada  y cada uno de esos canes corriera a través de mis extremidades superiores y con fluidez escaparan por mis manos, que ahora apoyadas sobre la hoja en blanco, les permitían salir, revolcarse en el pasto, jugar y ladrarle a la luna, fiel testigo de sus hazañas.

Algo salió y pude sentirlo. Algo que estaba atorado, como esos nudos en la garganta que hasta ese momento me ahogaban y aun hoy, de vez en cuando, siguen haciéndolo.

Confirmo ahora lo que antes descubrí: cuando los nudos ahogan, cuando algo está atorado, cuando algo quiere salir y puedo sentirlo, no hay ningún lugar al que deba ir más que a la hoja en blanco.

Pronto me voy. Emprendo un viaje sin tiempo que me llena de miedos y dudas, pero tengo una certeza: cuando sienta que perdí el norte, cuando crea que estoy lejos, lejos de casa, siempre puedo volver a la hoja en blanco, ese, mi verdadero hogar.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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