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El punto rojo

El punto rojo

María se levanta de la cama sin ganas. Hace calor en su habitación. Nunca compró las cortinas oscuras que pueden cortarle el paso, aunque sea un poco, al atrevido sol que todas las mañanas invade el cuarto. Recién inicia su día y ya adivina el fastidio que la jornada le traerá.

Apoya sus pies descalzos en el suelo y siente que la calidez del sol ha embriagado incluso hasta el parqué.  Resopla. Mueve la cabeza. Para un lado, para el otro. Se lleva las manos al cuello y sigue haciendo movimientos circulares para sacarse la tensión que el acto de dormir siempre le representa. Se levanta de la cama. Arrastrando los pies camina hasta el baño.

Abre la puerta e inmediatamente se sienta en el inodoro para dejar allí la primera orina del día. Suspira nuevamente, como si el trayecto de la cama al baño la hubiera agotado. Se levanta y se encuentra con ella frente al espejo.

Abre la llave del agua y deja que esta corra con prisa, nunca usa el primer chorro porque cree que allí residen todos los gérmenes acumulados que aun siendo potable, el agua seguro tiene. Ahora sí, une sus manos debajo de esa mini catarata y se lava la cara. Varias veces se empapa el rostro para despabilarse. Sabe también, que no lavarse bien la cara por las mañanas implica que el sol pique más, eso le dijeron desde chica y siempre creyó en ello.

Toma la toalla colgada en la puerta y seca su rostro, primero los ojos y la frente, luego una mejilla, la otra y finalmente, un repaso por toda la cara. Bosteza y se contempla unos instantes frente al espejo. Se mira los ojos primero, los ojos siempre primero. Después abre la boca con dientes apretados para ver qué tal durmieron, piensa que debe lavárselos, pero decide hacerlo después del desayuno.

Mientras procesa esa decisión descubre un punto extraño en su frente. Es un punto rojo, ubicado en el centro del área frontal, allí en el medio de las dos cejas.

Sus ojos se abren más grandes, como si hiciesen zoom en el puntito rojo para dilucidar qué es. Lleva su dedo índice al lugar en el que éste se encuentra y lo toca. No siente nada.

— ¿Qué es esto?— pregunta en voz alta y con el ceño fruncido. No entiende y se mira confundida, como si ella fuera ella y la otra, la del punto rojo, una completa extraña. Vuelve a tocar el punto y nada. Se acerca más al espejo, hasta empañarlo con cada exhalación. Se aleja nuevamente y entiende que el punto también debe ser suyo. Respira hondo como quien descubre una verdad irremediable.

Se contempla ya sin juzgar lo que ocurre, mira a ese punto y se mira a los ojos, vuelve a hacerlo, mira a ese punto y se mira a los ojos. Repite este movimiento unas cinco veces, respirando la secuencia en cada tramo del viaje.

De repente, siente que el pecho está incomodo, como si el corazón ocupara más espacio que de costumbre. —Cálmate— se susurra.

Nuevamente, frunce el entrecejo porque no se entiende, no comprende a su cuerpo que ya le parece ajeno. El ritmo de su respiración crece en rapidez, se le reseca la boca  y los labios, siente calor y frío al mismo tiempo. Un nudo en el estómago y en la garganta la asfixia y el llanto se vuelve irremediable.

—No me dejes acá por favor— dice en una súplica mientras mira como la del punto rojo sonríe y sale del baño cerrando la puerta detrás de sí.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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