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El llanto

#NiUnaMenos, llanto

El llanto

Alejandra no llora. Ya no recuerda cuándo fue la última vez. Quizás fue aquella pelea que tuvo con su último novio. O ese día que habló con su mamá y quedó movilizada. No lo sabe, o no lo quiere saber. Conoce perfectamente su historial de moretones  y podría atribuirle, sin dudarlo, una lágrima a cada particular momento de su vida en los últimos años. Pero elige no hacerlo. Ella no llora y eso es lo claro.

Se mete la galletita con mermelada de durazno en la boca y siente que la pasta en la que sus molares la transforman se le atora en la garganta. Apura el mate con miel para hacer que la galletita pase, pero no pasa. Se queda ahí atascada y ella sabe que toser no la ayudará, ni tampoco tomar agua.

El nudo, aquel que tantas veces esquivó, ahora ha plantado bandera en su garganta y hay quien dice, y Alejandra lo sabe bien, que “el nudo en la garganta es el mar a punto de desbordarse por los ojos, de ahí su sabor a sal” y el mar siempre regresa, porque sabe que siempre la encontrará.

Sus ojos la delatan. Sus ojos que ya no son suyos. Su cuerpo la está traicionando, es que ella ignora que el cuerpo es así, siempre traiciona a la mente y su necesidad de control, encuentra una fuga y por ahí se escapa y se deja ser.

Esa tarde Alejandra tuvo que sentirlo en carne propia.

Ella tiembla, no tiene frío, tiene miedo, se sabe una extraña en su propio cuerpo y de repente, su cuerpo no es su cuerpo, es el de alguien más, el de otra muchacha, es el de una niña quizá, alguien más joven que ella. No puede precisarlo, no entiende quién le ha arrebatado su piel y ha puesto su alma en otro envase, en otros zapatos.

Cierra los ojos para despertarse del que cree es un mal sueño, pero al abrirlos, se encuentra en un lugar que  no es su casa, que no conoce, un sitio en el que nunca ha estado. La única certeza que tiene es que ella no es ella, ella es otra, alguna más.

Trata de incorporarse, pero su cuerpo pesa, toneladas pesa, como si alguien hubiese colocado una dura y gruesa roca en su pecho y le impidiera moverse. Logra abrir los ojos más grandes, para poder así dilucidar dónde está y ahí los ve. Ahora entiende que alguien la tiene, ahora ve a los responsables de su presente, ahora siente que esa dura roca es el cuerpo de algún otro que no la deja escapar, que cercena su libertad y la quiere lastimar.

Ella no ve rostros, está mareada, asfixiada y un dolor punzante y agudo que nunca antes sintió la invade. Se desvanece, siente que su cuerpo la abandona, mientras su mente quiere quedarse para obtener respuestas. Con el último esfuerzo que los músculos de su boca pueden hacer, dibuja en un susurro desgarrador un “¿por qué?” Y cierra sus ojos. Dos lágrimas caen lentamente por sus mejillas.

Alejandra llora. Sentada en la misma silla y aún con mate y galletita en mano, Alejandra está petrificada con ojos vidriosos que disparan lágrimas a toda prisa, incontenibles, inabarcables. Su boca entreabierta deja ver cómo sus dientes tiemblan de rabia y de angustia contenida.

Apaga la tele, no puede ver más esos ojos que ahora sabe ya no tienen vida. El nudo está intacto. Ni todas las lágrimas que ha derramado esa tarde, ni todas las que derramará en los años que le queden, podrán aflojarlo del todo, porque esa muchacha, al igual que otras tantas, ya no están y no se puede remediar y eso la inunda de miedo, de furia, de impotencia.

Aprieta las muelas y ella también susurra — ¿por qué? — y deja que el llanto gane, por ella y por aquella que se fue.

#NiUnaMenos, llanto

Foto/diseño: Romina Moi

Hace tiempo pienso y escribo sobre estas cosas, pero nunca encuentro la claridad para hacerlo, como tantas otras y otros lo hacen. Así que decidí dejar que me atravesara el dolor por las entrañas y escribí desde ahí, y desde ahí salió este relato, inspirado en el caso de Lucía Pérez, una chica marplatense de 16 años cuyo rostro ha llegado a la portada de los principales diarios del mundo por ser víctima de un femicidio más cometido acá en Argentina y en Mar del Plata, ciudad en la que resido.

La mirada de Lucía duele, como duele saber cómo fueron sus últimos instantes de vida. Y  su caso, como el de tantas que le precedieron, me lleva a exigir, aunque más no sea desde las letras o desde la calle, que esto no ocurra nunca más.

#NiUnaMenos

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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