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El dolor en el cuerpo

El dolor en el cuerpo

Así como hay quienes saben leer billetes, manos o cuentos en voz alta, yo sé leer dolor en el cuerpo.

La veo a ella ocultando, sin darse cuenta, un llanto irreductible.

Ella que está dentro de esa caja que hace ruido y yo, que puedo leer en su cuerpo un dolor incontenible, que la desdobla y la retuerce hasta dejarse abrazar, por eso y por unos brazos.

Entonces explota, su llanto explota y con él todo el aire contenido dentro, ese, el del grito en silencio.

Estoy lejos de ella, pero la siento muy cerca. Me lleva con su dolor en el cuerpo, a mi propio dolor. Me lo recuerda, me lo revive en cada fibra de mi piel y sobre todo en el pecho.

La entiendo, sé lo que se siente cuando ese dolor se te mete, en cada resquicio, en cada hebra de la que estás hecho.

Uno no comprende, no sabe cómo, desde qué lugar algo pulsa por salir, pero no sale, se queda ahí, detenido, enmudeciendo el sonido, pero gritando desde algún fondo.

Y entonces el cuerpo.

El cuerpo que habla y dice lo que la boca calla.

El cuerpo que se curva, se encrespa y escupe espasmos, como un vómito arrollador que lo invade todo y ahoga y no cesa por más lágrimas que destile.

El cuerpo que convulsiona de dolor, de pie, sostenido por dos extremidades que tiemblan en su centro, pero no se doblan, ni se quiebran, mantienen la estructura porque todo lo demás se derrumba.

El cuerpo ido, fuera de sí, ajeno, como flotando mientras es contenido por otros brazos, torpes brazos que no llenan la palabra vacío, que no cubren de calor el furioso temblor, el frío.

El cuerpo que muestra que ciertos dolores a veces no caben en un corazón humano y lo desbordan, trastocándolo todo.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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