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Dos sillas

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Dos sillas

 

—No, para mí no va a llover.

—El pronóstico dice lluvia.

—Sí, pero no va a llover, vas a ver.

—¡Ay, qué bronca! ¿Quién me manda a mí a invitar a todos acá?

—Bueno, no vienen nunca.

—Sí, pero si ya se habían puesto todos de acuerdo con ir a lo de la abuela Tita ¿para qué me meto yo y abro esta boca enorme diciendo “si no vengan a casa”?

—Bueno che… después de todo, esta fue siempre la elegida para fin de año ¿o no?

—Sí, pero eso era antes. Ahora no tenemos por qué seguir sosteniendo eso, el año pasado no lo hicimos ¿por qué ahora tuve que hablar?

—Porque quizás sentiste que ya era tiempo.

—No, todavía no.

Laura entra a la casa y se queda parada frente a la mesa del comedor. Observa. Revisa cada esquina de ese ambiente y busca, quizá, con algo de prisa en la mirada, que los metros cuadrados de ese espacio se expandan y crezcan más allá de lo que la propiedad puede soportar.

Minutos después, Luciano se para junto a ella y la inspecciona. Se ríe con algo de cautela puesto que conoce el malestar que la domina. “La casa es chica…” “… y el corazón también” recuerda la frase compuesta que su papá iniciaba y siempre terminaba Laura. No sabe bien cómo nació aquella dinámica de formar refranes o frases de este tipo, a los que su hermana le cambiaba el final, aportando ese humor ácido que había heredado de su padre en suerte, según ella.

—Mirá, si corremos este mueble y lo llevamos a la habitación entra el banco que está en el patio y pueden sentarse mínimo cuatro personas, los más chiquitos. Puede ser Karen, Male, Nacho y el negro, entran ¿qué decís?

—¿Y el resto? ¿Los apilamos uno a uno para que entren? Somos una bocha Lu, no entramos ni a palos.

Luciano agarra el mueble de la esquina del comedor, le quita la maseta que tiene encima y lo lleva hasta su habitación. Después va hasta el patio, busca el banco, lo carga con ambas manos y así llega nuevamente frente a su hermana que espera que la propuesta funcione.

Acomodan juntos el banco, las sillas de las que disponen, mueven la mesa varias veces para optimizar espacio y aun así, no llegan a cubrir todos los lugares. Hay dos que siempre terminan sobrando. Hacen cuentas con los dedos y les da lo mismo en cada oportunidad:

—somos 20 y hay dos putas sillas que no entran— dice Laura cada vez que terminan de acomodar y sacar cuentas.

—¡Ya fue! nosotros que somos los anfitriones, hacemos que vamos, que venimos, y no nos sentamos, así entramos todos y los demás capaz que no se dan cuenta. Los chiquitos viste como son, comen rápido y se van a jugar, seguro que cuando terminamos de servir y nos queremos sentar, alguien ya dijo buen provecho, vas a ver.

Ella lo mira con fastidio y resignación.

—Está bien, si vos decís, ya estoy cansada y esta humedad del orto no me deja pensar.

Ya en el patio, equipo de mate de por medio, los dos callados ven cómo poco  a poco el cielo se va tornando cada vez más gris. La lluvia es inminente y esta vez el pronóstico del clima no le pifió.

— ¿Cómo harían ellos?

— ¿El qué cómo harían?

—Claro. Me acuerdo de haberlos ayudado varias veces, pero no sé bien cómo hacían para meter a los 20 en ese comedor tan chico. Ahora entiendo por qué mamá se quejaba siempre.

Luciano está en silencio. Piensa en algo, como si tratara de recordar.

Después de cebar unos cuantos mates totalmente callado, se incorpora súbitamente y comienza a sonreír moviendo la cabeza.

—Esas dos sillas que sobran…

— ¿Qué?

—Son las de ellos Lau.

Ella aparta la mirada y fija sus ojos en las baldosas viejas de ese patio, de esa casa en la que creció. Sus ojos que no querían llorar ese día, de repente son asaltados por las lágrimas. Él le acerca otro mate golpeándola suavemente en el brazo, quizá sea esa la forma en la que puede decirle que la entiende, que nadie en el mundo la entenderá más que él, ese día, en ese patio.

Vuelve a mirar a su hermano mientras intercambian mate.

—¿Vos decís que entramos entonces?

Él asiente y sonríe.

Ella también.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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