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Desvaríos de ansiedad

desvaríos de ansiedad

Desvaríos de ansiedad

Me transpiran los pies descalzos sobre el parqué que no es del color que yo quería pero aun así lo acepté igual porque desde donde yo vengo tener piso de parqué es  un lujo que no todos se pueden dar entonces no me quejé en su momento y ahora menos cuando me transpiran los pies porque mi amiga ansiedad vino a visitarme y mirá si justo hoy me voy a preocupar por el piso que no es el que elegí o  hubiera elegido. Usemos el potencial que queda lindo. Yo me preocupo porque veo mis manos rojas de venas hinchadas. Siempre pienso que las venas hinchadas en la mano es un rasgo de masculinidad, señal de fuerza, pero cuando las veo en mi mano sólo puedo pensar en debilidad, en pánico, en ataque inminente y no a la casa blanca, sino a la piba blanca, que vendría siendo yo, aunque lo de piba es un autohalago, porque piba, lo que se dice piba, yo ya no soy. ¿Cuándo dejamos de sentirnos pibes? Es una cuestión de edad o como diría Fito “es sólo una cuestión de actitud”. No lo sé. Podría decirte que si no me miro en el espejo me siento una piba, pero no desde la jovialidad, sino desde esta mente que a veces parece la de una nena que sueña con cosas muy chiquititas, muy que a otros le pasan, muy que son re comunes, pero para mí son un montón. Ahí soy piba, cuando me achico o cuando sueño. Soy nena, de rulos al viento y hamaca en la plaza. No soy piba frente al espejo. No. Tampoco tiene que ver tanto con lo estético o las arrugas que se forman debajo de mis ojos, ahí donde algunos ven ojeras y yo solía ver sólo bolsas —heredadas en suerte genéticamente— ahora hay además de ojeras también arrugas. Mal dormida que le dicen. Ya lo reza mi página ¿quién soy?: “insomnio siempre”. Y sí, insomeo bastante-muy-mucho. “¿Se pueden inventar verbos?” preguntaría Frida y agregaría luego: “yo te cielo”. Ay… ¡cómo gusta Frida! Lo poco que sé de ella y lo mucho que me imagino. Qué lástima que con ella pasa lo que con muchos artistas rompe-cabeza que un día ganan popularidad, los demás critican a los que descubren a esos artistas porque creen que sólo siguen una moda, sin ver que quizá hay algo de esa mujer que pintaba cuadros de colores estridentes y escribía con las tripas y el corazón en la mano que a  muchos les llega. ¿Por qué molesta tanto el gusto que los demás gustan gustar? No lo sé. Me gusta Frida, como Clarice, como Alejandra, como Virginia, como Alfonsina, como Mercedes, como Idea y como tantas otras que como diría la tercera “(…) hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero”. Y volviendo a mi cara en el espejo, ahí no está la versión piba que me siento lejos de él, del espejo digo. Ahí me encuentro algo vencida por las circunstancias, las del día a día, las del exceso de futuro y las del pasado que viene en oleadas a pegarme palmaditas fuertes en la cara. Me transpiran los pies como se me inyectan de sangre las venas de las manos y como se me mueve el corazón sin parar cuando me miro en el espejo y sé que un nuevo episodio de ansiedad se desencadena y no hay respiración ni intento de huida ni ejercicio de relajación ni actividad recreativa ni aprendizaje que hasta el momento haya adquirido que pueda servirme para calmar mis ganas de salir corriendo de mi misma.

Escribo.

Respiro.

Escribo.

Reinicio.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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