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de-sola-da

desolada

de-sola-da

Llegas a una esquina desolada. El sol hace algunas horas ya cayó y lo que alumbra en el cielo es, nada más y nada menos, que una simple Luna. No está sola esa Luna. Junto a ella hay un gran número de estrellas que te anticipan el calor de mañana. Pero mañana está muy lejos y ahora estás en una esquina desolada, con un amplio descampado en frente, a la espera de un colectivo que no llega.

Los autos van. Los autos vienen. Un semáforo en esa esquina hace que los coches paren al ver el rojo y no sabes por qué, pero dentro de ellos ves sólo ojos masculinos. Tragas saliva. Te da miedo.

Si existieran campanadas a las 33, habrían sonado hace segundos nomás para dar las 22 con sus 33 minutos. Ves entonces que alguien camina hacia a vos desde la parte más luminosa de la ciudad. Sentís intriga primero, alivio después al ver que quien se acerca tiene tu misma condición. La noche está vestida de mujer o eso parece.

Esperas con ella que llegue ese colectivo que las llevará a ambas lejos de esa esquina desolada, pero no llega. Los minutos de las 22:00 van en aumento y vos agarras el celular para mandar un mensaje, casi como un grito silencioso de ayuda a alguien que puede sacarte de allí. Nadie contesta.

Ves, de repente, a lo lejos, que las luces naranjas de los números de un colectivo se acercan. Más cerca. Más cerca. Más cerca. Ya lo tenés en frente y tristemente esa mujer que te hacía compañía, se va en el bondi mientras vos te volvés a quedar sola. Sola. Sola. Sola.

Hace tiempo pensás en esa palabra: “¿qué es estar sola? Sola conmigo misma ¿es estar sola? ¿Acaso no estoy conmigo? ¿No me tengo a mí?”. Lo que te pasa es que sí, vos sabes que te tenés a vos, pero vivís es una ciudad en la que tenerte a vos misma a las 22 casi 23 de la noche no es suficiente para sentirse segura, a salvo. ¿De qué? De esos ojos que desde cada auto parecen mirarte, sin que vos puedas defenderte. No sabes las intenciones de esas miradas, pero te perturban igual, porque vos estás sola. Pensás “ay por qué no vino mi colectivo primero en lugar del de ella”. Después desistís de esa idea porque sabes que no te hubieras ido tan tranquila sabiendo que la dejabas a ella, sola. Porque lo cierto es que todas están en la misma.

Seguís ahí sin saber qué es mejor, si pararte o esperar sentada en la parada. Miras para todos lados como sin querer demostrar que estás asustada, que la calle te da miedo, que a veces, cuando es de noche, cayó el sol, y la Luna y las estrellas son tus únicas compañeras en una esquina desolada esperando el bondi, vos sí, tenés miedo.

Te paras para ver si viene finalmente ese 52 que te saque de ahí y en lugar de ello, una mujer con bolsas en la mano se acerca. Estás feliz. Porque a veces la felicidad es algo tan simple como ver a otra mujer, una noche, en una esquina desolada, con bolsas en la mano. Quisieras correr a su encuentro y abrazarla, convencerla de que se quede ahí, con vos. Pero no. La esperas, la medís también y ves que finalmente llega hasta donde vos estás para hacerte la pregunta de rigor — ¿no sabes si ya pasó el 52?— Le sonreís, con ganas le sonreís y le decís que no, que todavía no pasó y respiras aliviada. Una compañera, alguien que espera lo mismo que vos.

Ya no te asustan tanto los ruidos diminutos de las veredas, como esas hojas que el viento movió  hace un rato, cuando ella no estaba y vos pensaste que alguien caminaba cerca con ánimos de hacerte daño. Sí, la paranoia llega hasta ahí, aunque vos no quieras, aunque vos lo niegues o no se lo cuentes a nadie. Te olvidas un poco de los ojos de los autos. Te sentís más segura.

Otra vez una mujer se acerca y se queda a esperar junto a tu compañera y vos. Ya son tres y esto se siente parecido a un equipo.

Antes de que las 22 concluyan, visualizas al 52 a una cuadra de distancia y ya tomas tu posición. Las tres en fila con brazo estirado le dan la bienvenida a ese colectivo que las llevará a casa.

El equipo ganó una batalla.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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