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A Horacio, con afecto

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A Horacio, con afecto

 

Una vez, a mi casa llamó Horacio, un compañerito de segundo grado, el nene más lindo y rubio del curso. No recuerdo qué quería, ni tampoco sé si hablamos. Lo que con precisión puedo decir es que ese llamado me arruinó la vida de 7 años que yo andaba trayendo por aquel entonces.

Mirá Horacio, si estás leyendo esto —cosa que espero—  entérate de cómo, tu aparente acto inocente, me condenó a ser la persona que hoy soy. Quizás exagero, pero no.

Para los que crecimos en una familia numerosa, cuestiones simples como comer una golosina o jugar a los videojuegos, implica una serie de estrategias muy precisas para salir airosos de la tarea. Quiero decir, no es abro la heladera y me como la Tita que dejé ahí ayer cuando mamá me la trajo del trabajo. Porque pueden ocurrir dos cosas: si la dejé en la heladera ayer, ayer alguien se la comió y me estoy enterando hoy; o peor aún, si la saco de la heladera, la llevo a mi habitación con mucha precaución y trato de abrir su envoltorio sin hacer ningún minúsculo ruido, cuando al fin crea que ya la tengo, que ya la puedo saborear, que ya es mía y de nadie más, aparecerá mi hermana más chica pidiéndome un poquito y no es, si quiero le doy si no quiero no le doy, porque no darle implica escucharla gritar primero, llorar después, y posteriormente, un reto de mi viejo o de mi vieja por no convidar, porque “acá se comparte todo, ¿me oíste?” (dedito acusador de por medio). Entonces, vos asentís y refunfuñando le das la mitad (la más pequeña claro).

Cuando aquel día a mis 7 años Horacio llamó a casa, yo no esperaba su llamado. ¿Cómo hacerlo? Si él y yo no hablábamos en el curso, ¿por qué me llamaría a casa? ¿Quién le daría mi número? si, de hecho, yo no hablaba con casi nadie, apenas se me conocía la voz y eso se debía a la obligatoriedad de decir “presente” cada vez que la seño Lucia decía nuestros apellidos.

En este caso, ocurrió el milagro o la pesadilla. De algún lugar, este Horario sacó mi número de teléfono y llamó a casa. Insisto, no tengo los detalles, porque para mí todo se convirtió en una nube gris muy densa cuando escuché que mi hermano decía “Meli te llaman por teléfono” —incertidumbre— “un tal Horacio” —estupor— agregó al final y sonrió de esa forma tan particular que los hermanos mayores suelen sonreír, esa con la que te dicen que te tienen, que te ganaron, que sos un pichi, que tenés mucho que aprender. El infierno básicamente.

Entonces, yo abrí los ojos bien grandes sin poder disimular mi incomodidad de 7 años —porque cuando uno es incómodo, arranca desde chiquito la cosa — y recuerdo que comencé a mover mi cabeza como negando, como no, esto debe ser un error. De hecho, supuse que era una broma de mi hermano, que había marcado el 115 para que sonara el teléfono y que de algún lugar había sacado el nombre de mi compañerito para que yo creyera el cuento y así poder decirme un “JA JA” gigantesco en la cara cuando yo dijera “no hay nadie”. Era algo muy típico de mi hermano. Pero ¿y si era? No es que me importara que Horacio me llame, ni siquiera pensaba en él cuando salía del colegio o cuando estaba dentro del aula y lo tenía sentado al lado mío o en frente o atrás. No me importaba en absoluto. Era por supuesto, el nene lindo del curso, pero para mí era uno más, un ser insignificante, un varón.

Mientras decidía si ir o no a atender el llamado, recordé que Horacio estaba enfermo y por eso no había ido al colegio los últimos días. Pensé, tal vez quiere la tarea, podría ser verdad entonces. Me acerqué poco a poco, sintiendo que las nubes grises se hacían cada vez más oscuras y pesadas. Cuando por fin estuve frente al teléfono, recuerdo haber dado una mirada a mí alrededor, creía que mi hermano estaría agazapado esperando que yo cayera en su trampa, pero él ya no estaba ahí, era yo y mis 7 años contra el mundo en el tubo del teléfono. Dije “hola…” y a partir de ahí ya no recuerdo más.

Lo que sí recuerdo es que ese día, en la cena, mi hermano sacó el tema y empezó con las cargadas, “se corre la bolilla se corre el bolillón, Meli y Horacio un solo corazón”, ¿se puede ser tan imbécil? Pensé, pero no dije, porque estaba en la mesa y en la mesa uno no dice esas cosas. Mi papá me hizo preguntas, mi mamá también y mis otros hermanos respaldaron las cargadas, diciendo, por ejemplo, que ese tal Horacio no se hiciera el vivo, que ya lo iban a agarrar en el recreo y esas cuestiones, quien diga lo contrario nunca estuvo en estos zapatos: el bullying son los hermanos. A esta altura, yo era toda bordó, ya había pasado del rosita suave en las mejillas a esta tonalidad nueva dentro de mi catálogo, así que podría decir que Horacio me permitió batir un récord. Debo decir, de todos modos, que no era mi timidez la única culpable, había bronca en mi cara, mucha.

Nunca pude recordar nuestra charla telefónica. Sé que días más tarde volvió al colegio como si nada y que al primer intento de entablar una conversación conmigo yo lo golpeé, fuerte, en el brazo, lo tomé por sorpresa. Él abrió los ojos como si hubiera visto a su mamá con la chancleta en la mano. Después lo agarré del guardapolvo blanco y reluciente que siempre llevaba y acercándome a su cara con los dientes apretados le dije: “volvés a llamarme a casa y te arranco todos los pelos rubios que tenés, ¿entendiste?”. Él movió su cabeza para arriba y para abajo en sinfín durante algunos minutos, como asintiendo. Después lo solté y volví a mi banco y a mi cuaderno a pintar más árboles verdes clarito junto a la casa de techo colorado que siempre dibujaba.

A partir de ahí, mi relación con los varones fue así, hostil, digamos.

Y todo eso es tu culpa Horacio, así que te digo, entérate que un día, cuando tenías 7 años, le arruinaste a esta chica, toda posibilidad de tener un vínculo sano y normal con los hombres. Si te llego a cruzar, esta vez sí te arranco todos los pelos rubios. Si no llega a suceder, ojalá te hayas quedado pelado Horacio.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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