Top

Él y ella

Él y ella

—“Hoy es un buen día para morir”. Sos vos la que lo decías ¿no? ¿Con vos lo hablé?

—Sí.

—Era que le decías a tu amiga esa frase y ella se enojaba, te trataba de loca.

—Sí.

—Ahora lo entiendo. Acá. En esta cama. Con tus piernas y mis piernas desnudas entre las sábanas, sintiéndose sin acariciarse. Este roce y lo que pasó antes. Tu boca que fue totalmente mía hace unos instantes y esta piel tan clara como transparente que me invita, no, me permite acariciarla. Después de lo anterior, este día, hoy, es un buen día para morir.

Sus ojos le queman, arden en lágrimas que allí se consumen. Su aparato lagrimal parece estar de paro, porque pese a todos los indicios  que la glándula que secreta lágrimas da, este no quiere darles paso y no permite que esos ojos lloren. Entonces ellos no lloran, arden.

Y observan a esa que yace mentón arriba sobre la cama, contemplándolos sin poder pronunciar palabra. ¿Cómo explicarle que no puede, que no puede dejarse querer como él pretende quererla? ¿Cómo decirle que la confunde y que ella no quiere ser confundida? ¿Cómo entregarse en cuerpo y no dejar pedacitos de alma en cada entrega? No sabe cómo y entonces calla.

Él entiende que ese silencio dice más que su boca llena de desvaríos y entonces lee lo que quiere leer. Que ella tiene miedo, seguro. Que ella no sabe expresar sus sentimientos, tal vez. Que ella quiere a dos, quizás. Que ella no puede elegir, teme. Que ella es cobarde, a secas.

Todos los posibles escenarios son inciertos y lo ponen en un lugar incomodo, pero él se arroja igual a esos ojos de boca silenciosa. Dialoga con ellos y en ellos cree encontrar las respuestas que sus labios no pronuncian.

Elige mal. Siempre lo hace. Decide que ella lo quiere, pero tiene miedo de quererlo tanto.

—No puedo besarte. Besarte a vos es un viaje de ida. Sé que de ahí no voy a poder volver— le dijo ella un día cuando el intentó besarla por primera vez. Ahí estaba la verdad puesta en palabras. El prefirió ignorar las señales y avanzar.

Insistió.

Insistió y desistió varias veces en el camino, hasta que esa noche, en esa casa y en esa cama, ella cedió. Primero a su boca. Después a su cuerpo. Finalmente a su almohada. Durmió sobre ella, ignorando que para él, dormir en la almohada de otra persona es un acto de entrega tácito.

Ella no lo sabía.

El sol se impregna en las cortinas marfil que visten las ventanas de la habitación. Una breve porción de los ojos vidriosos de esas ventanas queda al descubierto y por allí se cuela la luz radiante y punzante de esa enorme bola amarilla que dentro del cuarto dibuja microparticulas de pelo, polvo y sudor en el aire.

Es esa misma luz la que asalta el ojo izquierdo de ella, que  bien sabe no saber dormir cuando el sol la roza. Le pica. Se da vuelta, pero ya sabe que la luz la tocó, como si jugara a la mancha, ahora es ella quien debe moverse para continuar la jugada. Entonces mueve. Mueve su cuerpo. Se retuerce entre las sábanas y estira su brazo derecho para buscar el cuerpo que la acompañó a dormir la noche.

Vacío. Ese lugar que debería estar ocupado por un cuerpo está frío. Ella sabe que hace un buen tiempo ese cuerpo abandonó esa cama, pero no supone a dónde podrá haber ido. Recorre con sus ojos aún somnolientos el espacio que la rodea y se sabe en un hogar que no es el suyo, en un cuarto que no le pertenece, en una cama que no debería y entre unas sábanas que esconden un error.

Las vueltas que da en esa cama particularmente desordenada la llevan a erguirse hasta quedar sentada, apoyada sobre el cabecero. Desde allí contempla, ya con la luz de día, esa habitación, única testigo del crimen cometido la noche anterior. —Ay si estas cuatro paredes hablaran… No sé qué dirían… Mejor que no digan nada— dice y entonces se escucha hablando sola y en voz alta. Una práctica habitual en ella, pero no en un contexto como ese.

Centra su atención en un cuadro, que tiene un dibujo al parecer hecho a mano. Presume que lo ha dibujado él y entonces se levanta de la cama acercándose con cierta cautela hacia esa pared de frente, de la que ese cuadro cuelga. Da unos siete u ocho pasos sigilosos, como si no quisiera despertar a los objetos del cuarto o al propio cuadro, para que este se deje mirar sin miramientos.

En el dibujo ve una especie de máquina que sirve para fabricar personas. Le resulta interesante cuanta sincronicidad hay en él. Una persona, sin ojos, ni nariz, ni boca, pero visiblemente una persona, seguida de un espacio en blanco, seguida de un espacio con rayas verticales, seguida de una persona, sin ojos, ni nariz, ni boca, seguida de un espacio en blanco, seguida de un espacio con rayas horizontales. Esta misma secuencia se repite en sin fin y en miniatura a lo largo y ancho de toda la hoja. En el área inferior, casi imperceptible, aparece la letra G y un punto.

Claramente, es esa la inicial del nombre de él —entonces sí, ¿él lo dibujó?— mueve la cabeza y ve en el estante junto a la puerta otra ilustración de similares características, pero sin enmarcar, está sobre la repisa, quizás todavía no ha llegado a ese estado de maduración en el que merece ser enmarcada en un cuadro y colgada en una pared.

Otra vez las personitas, sin rostro o sin los atributos que un rostro debe tener. Otra vez los espacios en blanco, las rayas verticales, las horizontales. En un extremo, el izquierdo, se ve que una de las personas se distingue del resto. Siente curiosidad y entonces, ya sin pedirle permiso a ningún objeto, ni al cuarto, mucho menos al cuerpo que durmió con ella y que ahora no está, se pone en puntas de pie y toma con ambas manos ese dibujo para encontrarse allí, inmersa en esa hoja que tiembla porque las manos que la sostienen tiemblan. Se reconoce. Es ella la que está ahí dibujada, en ese minúsculo cuarto, rodeada de espacios en blanco, de rayas verticales y horizontales. Se siente sofocada, se siente minúscula, se siente muda.

Alza sus ojos y se encuentra con otros ojos que la contemplan desde la puerta semiabierta, con manos que sostienen una bandeja con desayuno recién preparado.

—Esta no soy yo.

— ¿Quién?

—La dibujada.

—No. No es nadie.

—Yo también soy nadie.

—Vos sos todo.

—Ese es el problema. Yo soy nadie. Acá. Para vos.

—Pero no podes ser nadie. No después de lo de anoche.

—Fue nada. O fue sólo sexo. Pensé que lo entendías. Pensé que no había que explicarlo.

—Sé que tenés miedo. Yo también.

—No. Miedo no. Yo no tengo miedo. Yo no te tengo miedo. Yo tuve sólo sexo con vos. Fue eso. Nada más. ¿Lo entendés?

—No.

—No quiero desayuno. No quiero quedarme a charlar de la vida, del amor. No quiero escuchar tu historia. No quiero saber quiénes te dejaron marca y por qué. No quiero comprenderte. Quise un polvo y un polvo tuve. Y con eso ya estoy. Te lo agradezco.

— ¿Por qué me haces esto?

—Por favor, pensá lo que decís. Si la cosa fuera al revés, yo no tendría por qué reclamar, yo no tendría nada que decir. No te vendí una historia de amor, no te vendí nada, pasamos una noche juntos nada más.

—Me estás haciendo mierda.

—Vos te hiciste mierda, por construir una historia en tu cabeza que jamás pasó. Lo lamento, de verdad. Estoy en otra y no tengo nada más para darte.

Comienza a vestirse mientras él la observa estático, con bandeja aún en mano y con ojos vidriosos que no saben llorar. Se acerca a la puerta y desde allí le pide disculpas a sus espaldas, no por la noche, sino por sus modos —a veces soy un poco cruda cuando digo las cosas, será por eso que muchas veces prefiero quedarme callada— sale de la habitación.

El, aún detenido en la noche, entiende que su  aparato lagrimal  por fin levanta la huelga y deja que sus ojos se mojen.

 

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

No Comments

Deja un comentario