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$22.210

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Ese día Jorge se despertó más cansado que de costumbre. Dicen que el cuerpo presiente y quizás el suyo, presentía mucho lo que iba a pasarle en pocas horas.

Remoloneó en la cama hasta las 06:15 y finalmente, tomó coraje y se levantó. Fue al baño. Luego llenó la pava y la puso a calentar. Tenía frío, pero no podía darse el lujo de prender otra hornalla. Mientras trataba de calentar sus manos frotándolas con fuerza y acercándolas al fuego, sintió detrás los pasos de Elvira, su mujer.

Los dos entraban a las 08:00 de la mañana a trabajar. Ella era empleada doméstica. Él, también limpiaba, pero en un club deportivo.

Alquilaban una casilla de techo de chapa que al llover ofrecía uno de los sonidos más tristes y hermosos del mundo. Ese pequeño hogar que compartían tenía un solo dormitorio sin puerta, al menos no la puerta tradicional que muchas casas tienen, puesto que habían improvisado una suerte de puerta de tela, que ayudaba a darle algo de intimidad al lugar más sagrado de la morada.

Además de la habitación, la casilla contaba con una cocina chica, el baño y un patio bastante amplio en donde Elvira colgaba la ropa para que se seque y en los meses más cálidos, servía de lugar de descanso para tomar mate al aire libre.

Cuando Jose, la nena de 8 años hija de la patrona le preguntaba a Elvira qué hacía los fines de semana, la mujer respondía siempre lo mismo —Hago pan casero y galletitas de limón para cuando mi hijo trae a mis nietas a merendar.

Ese día, hacía más de dos meses que Carlos, el hijo de Jorge y Elvira, no pasaba a saludar.

La última vez, Carlos había ido con su mujer Mariana y las dos nenas, Rocío y Camila. Pero a Mariana no le gustaba ir a lo de sus suegros y prefería que sean ellos quienes se acercaran hasta su departamento en el centro.

Carlos trabajaba en ventas, vendía hasta lo que no tenía, y por su afán de éxito, había llegado lejos, al menos así lo veían sus dos orgullosos padres. Su hijo había escalado del puesto de simple vendedor a encargado y finalmente, jefe de ventas en una importante cadena de electrodomésticos. La última vez les contó que por su ascenso ahora manejaba los equipos de venta de todas las sucursales locales de la firma.

Se llenaba la boca hablando de su trabajo, de sus progresos y solía sermonear a sus padres por vivir donde vivían y del modo en que lo hacían, en una casa precaria, sin ningún tipo de lujo.

No le extrañó, ni a Jorge ni a Elvira, que su hijo no hubiera vuelto. La última charla no había sido amena, sobre todo cuando en el momento más álgido del sermón de Carlos, Jorge lo interrumpió diciéndole que se estaba comportando como un maleducado y un desagradecido. Acto seguido, Carlos tomó su campera, le dijo a las nenas que se abrigaran y salió, no sin antes darle un beso en la frente a su madre, diciéndole que fuera cuando quisiera a visitarlos. Mariana hizo lo mismo y con un tímido —nos vemos Jorge— tomó del brazo a sus dos hijas y se marcharon los cuatro de ahí.

Jorge repasaba todas las mañanas la escena — ¿y si no le hubiera dicho nada? ¡Que pelotudo!— se reprochaba. Elvira no le reclamaba nada, ella también entendía que en los últimos tiempos su hijo había cambiado y se atrevía a recriminarles cosas que antes no. Sin embargo, ambos querían ver a sus nietas y por eso, habían decidido que ese fin de semana irían a verlas.

—Ya somos grandes viejo, no estamos para andar peleando con nadie, menos con el único hijo que tenemos— le decía Elvira para convencerlo. Jorge asentía.

Él preparó el mate esa mañana, mientras ella cortaba el pan para hacer tostadas con manteca. A las 07:10 los dos salieron de casa, él en bicicleta. Ella caminó hasta la parada del 543 a dos cuadras de su casa, siempre custodiada por su marido.

Jorge llegó cansado de tanto pedalear, pero era viernes y sabía que ese fin de semana volvería a ver a sus nietas. Trabajó con más ganas. Tenía una sonrisa natural en la cara, esa que te impone el día cuando tenes una gran motivación delante.

Mientras baldeaba la vereda y algunos vecinos del lugar pasaban por ahí lo saludaban. Al encontrarlo tarareando alguna canción se sorprendían — ¡Ey Jorgito! ¿Por qué tan contento?— Le preguntó Ramiro, el chico que hacía delivery en la rotisería de al lado. Jorge simplemente lo miró sonriendo y siguió en lo suyo. Era un hombre de pocas palabras, pero él se sentía a gusto con ello.

Se hicieron las 16:00 y Jorge subió a su bicicleta nuevamente. En el camino, compró bizcochitos de grasa en lo de “Saavedra”, el panadero del barrio. Llegó antes que Elvira, que al salir del trabajo había ido a comprar un regalo a sus nietas para sorprenderlas el sábado cuando fueran a visitarlas.

Jorge abrió la reja del patio para poder entrar y vio que el cartero había dejado algunas boletas en el piso. Aunque él sabía que tenía que hacer un buzón para que puedan dejar allí las facturas de servicio, porque siempre tenía que buscarlas en el patio y solían llegar llenas de tierra y a veces mojadas, lo postergaba.

Levantó  las boletas del suelo del patio y cuando entró a la cocina las dejó sobre la mesa. Se sacó la campera, el gorro y los guantes y los colgó en el perchero de la habitación. Puso la pava y se sentó en la mesa a ver las boletas. Pero olvidó que él había llegado a esa edad en la que la presbicia no te deja ver bien de cerca y mucho menos los reducidos números que figuran en una factura de servicio.

Así que se levantó de su silla, fue hasta la habitación y tomó los lentes de Elvira, porque nunca se había hecho los suyos, ella lo cargaba diciéndole que no quería asumir su edad, porque en el fondo, Jorge era coqueto.

Ya con anteojos puestos, se sentó a amargarse, como él le decía al estado en que uno ingresa  al emprender la tarea de revisar cuánto dolerá ese mes pagar los servicios.

Primero, la boleta del gas: $350.

Después, la boleta del agua: $300.

Por último, la boleta de la luz: $22.210.

Volvió a leer esta última, $22.210. La leyó una tercera vez $22.210. No entendía cómo podía ser, la última vez había pagado $400, sabía que se venían los aumentos, pero ¿para tanto? Las cuatro bombitas de luz de bajo consumo, el termo para bañarse y una pequeña estufa a la que sólo le funcionaban dos velas,  era lo único que consumía electricidad en su casa. Revisó de nuevo la factura y el detalle y todo indicaba que era legítima.

— ¿Y si es una broma?— se preguntó. No cabía en su cabeza la posibilidad de pagar esa fortuna. —Tiene que ser un error— se decía una y otra vez. Tomó el celular y llamó a Elvira, pero ella estaba en plena compra y con el teléfono silenciado, así que no escuchó los llamados de su marido. Entonces, pensó en llamar a su hijo. Por un segundo, el orgullo no lo dejó, pero  luego marcó. Después del cuarto tono de llamada atendió apurado Carlos.

— ¡Hola! ¿Viejo?— preguntó. Nadie devolvió el saludo — ¿viejo sos vos?— insistió Carlos. — ¿Pa?— dijo ya con menos calma — ¡Che pa!— repitió, pero nunca obtuvo respuesta. Para despejar la duda, llamó él a su padre, pero este no contestó. Volvió a probar y tampoco tuvo suerte. Entonces, llamó a Elvira para saber qué ocurría, pero ella seguía comprando y no atendió ninguna de los cinco llamados de su hijo.

Lo meditó un instante y mientras insistía en llamar, se subió a su camioneta y a toda prisa fue a la casa de sus padres. Estacionó el vehículo en la vereda y entró corriendo, encontrándose al ingresar, a Jorge inconsciente, con la mitad de su cuerpo recostado sobre la mesa de la cocina. Debajo de su mejilla, estaba la boleta de la luz y los $22.210 desteñidos por una lágrima.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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