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04 AM – 08 AM

el mar

04 AM – 08 AM

4 AM y Mario sale de casa abrigado hasta los dientes. Lorena vuelve a la cama, tras despedirlo desde la puerta. Ella espera acostada hasta que su marido le confirme, mensaje de texto mediante, que ya llegó a su destino de trabajo. A las 04:19 finalmente aparece ese mensaje en la pantalla de su celular y Lorena apoya la cabeza en la almohada para volver a conciliar el sueño.

04:30 y Mario, junto a sus cuatro compañeros de tripulación, suben a bordo de la “Santa Teresa”, una de las ya emblemáticas lanchitas amarillas del puerto de la ciudad.

Lorena logra cerrar sus ojos. No entiende bien porqué, sin embargo, unos minutos después se despierta sobresaltada. Cree que se trata de un mal sueño y trata de seguir durmiendo. Son las 04:52.

En la profunda inmensidad del Océano Atlántico, la lancha parece una estrella, como si la luna la mirara desde arriba y ese arriba fuera en realidad un abajo y esa inmensa luna ahora una simple testigo, que contempla con algo de incertidumbre ese punto en el infinito cielo hecho de agua. Esa estrella que la mira petulante es esa embarcación de la que Mario forma parte.

05:10 Lorena es interrumpida nuevamente, esta vez hay un impedimento físico que la fuerza a despertar. Ella siente que algo no anda bien, su estómago está revuelto, la sensación es de caos en su interior.

El vaivén de sus jugos gástricos no es el único, el mar en el que su marido se encuentra, también está revuelto. Las olas van y vienen con furia, con un caos que parecía impensable cuando zarparon  minutos antes. Mario siente que el mar otra vez lo engañó, que aparentó una modesta calma y prometió una mañana pacífica que nunca llegaría.

Lorena da vueltas en la cama, va para un lado, va para el otro, siente calor y siente frío — ¿habré comido algo que me cayó mal?— se pregunta y repasa en su cabeza las últimas comidas que ingirió.

Mario toma el primer mate de la mañana a las 05:33, mientras contempla cómo poco a poco el sol quiere finalmente imponerse sobre el mar. Siempre disfrutó ese espectáculo. Viniera como viniera la jornada y sabiendo de las dificultades que una actividad como la suya encarnaba, él entendía que todo valía la pena por ser testigo de semejante milagro de la naturaleza, así lo llamaba él al simple acto del amanecer.

Lorena se sentó en la cama y agarró el teléfono para ver la hora, 05:35. Se tomó del abdomen y se hizo unos breves masajes para ver si así el nudo en la panza aflojaba.

El vaivén a bordo de la embarcación se hizo más notorio y de repente, para Fernando, “el Capi”, como le decía su tripulación, la “Santa Teresa” se le tornó indomable.

Lorena se levantó súbitamente y salió corriendo al baño, sintió que el nudo en la panza, no era tal, sino más bien una bomba a punto de estallar en vomito. Pero llegó al inodoro y nada salió. Escupió saliva porque no podía tragar, como si hubiese algo atorado en su garganta.

— ¡Una fuga!— Gritó Mario — ¡una fuga Capi!— Volvió a insistir al ver como la lancha se llenaba poco a poco de agua. Sintió miedo, pero continuó accionando, tratando de seguir el protocolo que le habían enseñado para casos de este tipo.

05:47, Lorena se había sentado en el inodoro, pero tampoco eran sus intestinos los que le jugaban una mala pasada. — ¿Acidez?— se preguntó.

La Santa Teresa pidió ayuda, el agua entraba en cantidad y allí solos como estaban a ocho millas náuticas de la ciudad, no llegarían a tiempo a la banquina. Necesitaban de otra embarcación.

Lorena bajó a la cocina a prepararse un agua con limón, esa sería la única forma de calmar a su estómago en caos.

El pedido de ayuda que “el Capi” Fernando envío llegó poco más de las 06:05 y la embarcación más cercana fue a su encuentro, sin embargo, ya para ese entonces, el caos se había apoderado de la “Santa Teresa” y la tripulación sintió el pánico instalado en el pecho.

Mientras esperaba que el agua hirviera, Lorena puso música en su celular y comenzó a sonar la inconfundible voz de un Joaquín Sabina que le decía —yo no quiero un amor civilizado —se tomó el pecho porque sintió que sus latidos se habían acelerado, en ese preciso instante, sintió también que le faltaba el aire, mientras la pava y su silbido le informaban que ya estaba el agua.

06:10, el agua devoraba a la “Santa Teresa” y lo hacía con rapidez, con la avidez de quien tiene experiencia en casos como este y el Atlántico, de ahogar embarcaciones sabe bastante.

Lorena seguía sin poder respirar con fluidez, mientras escuchaba a su corazón galopar a toda velocidad.

Ahogado, así se sentía Mario en la desesperación de esperar que esa ayuda que “el Capi” había solicitado por fin llegara. Eran las 06:15 cuando toda la tripulación quedó internada en el mar, tratando de mantenerse a flote, pero el pánico instalado en esos pechos hacía que sus cuerpos pesaran toneladas y el mar los arrastraba hacia sus adentros.

Ahogo era lo que sentía Lorena cada vez que trataba de hacer que pase un pequeño sorbo de la infusión por su garganta y terminaba escupiéndola porque no podía tragar.

06:47 y la ayuda que la “Santa Teresa” pidió, por fin llegó, para encontrar un caos de objetos y de cuerpos en el medio del Mar. —Demasiado tarde— pensó el capitán de la otra embarcación, pero de todos modos dispuso que como pudieran sacaran a esos cuerpos del agua. Quizá alguno seguiría con vida.

Lorena tiró el agua con limón en la bacha de la cocina y se fue nuevamente a la cama esperando poder dormir aunque sea una hora antes de levantarse para ir a trabajar. Se puso los auriculares y otra vez a Sabina. Antes de cerrar los ojos finalmente escuchó que la canción le decía —y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres.

8 AM, suena el teléfono fijo en la casa de Lorena. No lo escucha. Sigue durmiendo. Tras la quinta campana finalmente se incorpora y agarra el inalámbrico que está al lado de la cama, desde donde escucha lo que su cuerpo ya le había anticipado esa mañana: el mar, cuando quiere, ahoga.

Melisa Fernández

Escribo hasta por los codos...

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